La boca del lobo 15
Fuerte dolor, pinchazo al sacar. Hombro de tenista? “Es el codo de tenista, imbécil”, me avisparon. Fui al médico.
“Y… mirá, no parece nada serio a simple vista, pero tenés que hacerte una resonancia. La placa no te va a servir para nada. Cuando tengas los resultados, vení a ver al doctor Ranaleta, que es el especialista en hombros”, me dijo el traumatólogo.
Buenísimo!! Una resonancia!! Nunca me había hecho.
Saqué turno. Les pregunté a algunos compañeros cómo era. Fui confiado. Y fui con V, que me acompañó.
No había nadie adelante cuando llegué. Al rato aparecieron dos personas, a las que llamaron antes que a mí. Me fui a quejar. A los 10 minutos, me nombraron.
Entré a la sala y vi la máquina infernal. Un tubo, un túnel, con una camilla abajo. Empecé a temblar. “Acostate acá, relajate, no dura mucho”, me dijo el especialista. “Cuánto es no mucho?”, consulté. “Veinte minutos”.
Mierda.
Me acosté. Me puso una faja a la altura del hombro. Se fue. La camilla empezó a moverse y mi cabeza empezó a quedar dentro de ese túnel del terror. Temblé más estrepitosamente. “Tranquilo, tranquilo. Cerrá los ojos, dormite, pasa rápido”, me dije a mí mismo. Cerré los ojos. Los abrí sobresaltado, sudando.
El especialista desapareció detrás de una puerta. Vi su cabeza tras un vidrio, una especie de ventana, la sala de máquinas, digamos. Comencé a desesperarme, a sentir pánico. Me sentí enterrado en una tumba, para decirlo claramente.
“Doctor, doctor”, llamé sin querer hacer un escándalo.
“Doctor???”, insistí.
Comencé a moverme, a tratar de salir para abajo. Costaba. Cogoteaba a ver si veía algo, si me calmaba algo.
La máquina empezó a hacer ruido.
“Doctor!!!???”, grité.
Nada.
La desesperación me hacía transpirar, temblar, todos los ar.
“Eh, flaco!! Flaco!!! Ehhh!!!”, insistí.
Chiflé.
Nada.
“Doctor!!! Flaco, eeeeeyyy!!!!”, grité, chiflé, estaba como loco.
Se acabó el ruido, apareció el especialista. “Qué paso?”.
“Sacame de acá, sacame de acáaaa!!!”, rogué.
Apretó el botón de la felicidad y me sacó. Yo temblaba.
“No, no… eso es terrible… No se puede hacer eso, estoy temblando. Mirá cómo estoy?”, le dije.
“Tenés claustrofobia?”, me preguntó.
“Hasta hoy, no”.
“Muchos se dan cuenta en la resonancia…”
“Ya veo por qué”
“Te pasa lo mismo en ascensores?”
“No, nunca”
“En baños de avión, cuartos pequeños, cuando te tapás hasta la cabeza?”
“No, nunca! Mirá cómo estoy?”
“Bueno, tranquilo, esperá que pase y probamos de nuevo”.
“Vos estás loco? Ahí no me meto nunca más. Que me corten el hombro”.
“No, mirá… dejá. No puedo, ya me siento mal”, dije apenas me acosté debajo del círculo de la infelicidad.



