Duro 24
Después del decepcionante desenlace de la historia de Pequeña P -historia a la que le faltan algunos detalles del final, pero los dejaré para otro día-, decidí recomponer los cristales rotos y volver a la vida.
Y fui a trabajar, y salí con los muchachos, y jugué a las billas (pool), y cené, y tomé, y todas esas cosas.
Hoy, domingo, tenía una doble obligación: despertarme algo más temprano que de costumbre para pasar por el consulado argentino y justificar mi ausencia en los comicios para diputados y demases, y después tenía que trabajar.
Me levanté a las 10.30, más contento que lo normal, más descansado y despierto.
Me quedé un rato en la cama, ronroneando cual gato afiebrado.
Hice unas flexiones de brazos para demostrar que todavía no soy una momia.
Me levanté, fui al baño, abrí el grifo de la ducha, agua calentita en un baño frío, casi helado. Y entré a bañarme.
Y me lavé la cabeza, y me enjaboné el cuerpo, y sé que a ustedes no les interesan todas estas cosas, pero es importante… Algún movimiento de mi enjaboneo general provocó que en mi interior estallara algo. Algo hizo clic. Y mi cuello dejó de moverse.
Y me empezó a doler todo, desde el cuello hasta la cintura, como una ráfaga de puntiagudos vidrios rotos clavándose en mi piel. Y terminé de enjuagarme como pude. Y me sequé con dolor. Y me metí en la cama, durito, derechito, como podía.
Y cuatro horas después, con un ibuprofeno 600 y un diclofenac 50 corriéndome por las venas, todavía no puedo mover el cuello (aunque, verán, sí los dedos).
Y no sólo no fui a justificar mi no voto, sino que tampoco puedo ir a trabajar en este estado. Ni siquiera pude salir a comprar comida.
Y tengo hambre.
Y me duele el cuello cuando veo la tele, cuando quiero dormir, incluso ahora cuando estoy escribiendo estas líneas.
Ah, y estoy solo, de más está decirlo.
La vida de Jota es dura. Muy dura.

