Buenos vecinos 10
De vez en cuando, me agarra la nostalgia bloggera y empiezo a deambular de blog en blog. Así fue como caí en el de Jules, y como recordé un pasado tan lindo en lo personal-sentimental como nefasto en lo vivencial, por así decirlo.
El simpático blog de Jules -todavía no hurgué completamente, pero ya lo haré; mientras, lo recomiendo- trata de sus vecinos, malos vecinos, que encontró en su edificio de Caballito. Pues bien, yo viví en un edificio de ésos, también en Caballito: dos pisos por escalera, cinco departamentos por piso y, en este caso, un segundo cuerpo en el fondo, con un parque bellísimo, extraño para la gran ciudad.
Fue hace algunos cuantos años. N y yo vivíamos, juntos, en mi departamento alquilado. Y decidimos irnos, también juntos, a uno propio. Buscamos. Buscamos. Buscamos.
Y encontramos: edificio antiguo, no demasiados vecinos -21 entre los dos cuerpos-, portero en el tercer piso del primer cuerpo, pegadito a la terraza. El departamento era hermoso: dos ambientes muy luminosos, cocina y baño hechos a nuevo, buen precio. Todo joya. Nunca taxi.
Nos fuimos a vivir en diciembre, recuerdo, poco antes de las Fiestas. La primera noche descubrimos el primer problema: las cucarachas vivían, con lujos y placeres, en el jardín del edificio. Pronto descubriríamos que también se hospedaban, con más lujos y mayores placeres, en el departamento de al lado, donde la señora, sus dos hijas y la abuela (y siempre creímos, pero nunca comprobamos, también un señor que aparecía de vez en cuando) albergaban un nido precioso de cucarachas de todo tipo y color. Y no dejaban entrar al fumigador.
N era algo fóbica a las cucarachas: una noche me despertó a los gritos con una amiga, gigante, que la miraba desde su propia almohada. No es para alarmarse: las cucarachas también quieren dormir con almohada. Salve a las cucas.
Tiempo después descubrimos otros inconvenientes: la vecina del fondo no soportaba a su gato y dejaba que éste deambulara por el pasillo. Lástima que su gatito tenía la insana costumbre de hacer sus necesidades en la puerta de mi departamento; y la vecina, la insana costumbre de no limpiar.
Más adelante empezamos a sufrir problemas de humedad en el techo y dentro de un placard. Otro día nos llovió una ventana (sí, llovió para adentro).
A todo esto, una tarde descubrí cuatro cucarachas caminando por mi puerta, del lado de adentro; todas chiquitas, recién salidas del nido -que había en el departamento de mis vecinas-.
Mis vecinas, además, miraban la tele -Tinelli y esas cosas bochincheras- a todo volumen.
Al tiempo, nos enteramos de que los vecinos de abajo, 1ro E -Frente-, eran amantes de la marihuana y de Bob Marley: lo escuchaban, también, a todo volumen, tanto que no podíamos mirar la tele ni escuchar música porque retumbaban los vidrios y no se escuchaba nada. El aroma al faso entraba por la ventana. Eso, lo admito, no molestaba tanto.
Después llegamos a otra conclusión: tener expensas baratas trae sus consecuencias. El edificio se caía a pedazos, nadie quería arreglar nada porque, para eso, tenía que pagar más expensas; el administrador llegó a amenazar con dejar de poner plata de su bolsillo porque la deuda ya era incobrable, Edesur amenazó con cortar la luz del edificio. Y Jota terminó encabezando una reunión de consorcio para que… aumenten las expensas y poder equilibrar las finanzas.
Además, teníamos un departamento en la planta baja totalmente abandonado, con una deuda por expensas de 9.000 pesos (no es joda) y los vecinos no querían juntar, entre todos, 1.000 para llevarlo a remate y cobrar fortunas.
Otro vecino debía casi 6.000. Y se quejaba por el estado del edificio y el valor de las expensas…
Para aliviar los pagos, decidieron jubilar al encargado y contratar a un viejito que limpiaba cuatro veces por semana y sacaba la basura. El edificio, así, pasó a ser también una mugre. Y dejamos de tener al encargado por cualquier urgencia.
Resuelto, digamos, el tema expensas, un día se inundó el departamento de una pareja de ancianos, divinos ellos, que vivían en el primer departamento de la planta baja: se les subió la mierda y les llegó hasta dentro del placard. Los vecinos no querían cambiar el caño principal, sino emparcharlo, para no pagar más plata…
Se murió la vecina del 1ro C -frente- y nos enteramos a la semana. Nadie se dio cuenta.
El colmo ocurrió sobre el final de nuestra estadía: los vecinos propusieron subalquilar el parque (palmeras, verde, arbolitos, flores, parrilla) para tener otro ingreso y no pagar expensas. Lo único bueno que tenía ese edificio de mierda, no lo querían!!!!!!!!!
Para cerrar el trágico año que vivimos en peligro, un día, en la puerta del edificio, me quisieron secuestrar: estacionaron dos pibes en un renault blanco, uno agarró un arma de abajo del asiento -lo vi- y me siguió hasta la esquina mientras yo caminaba rápido, huyendo; el auto, mientras, andaba despacito casi por la vereda. Me mezclé entre la gente y el chorro se arrepintió. Y se fue.
A la semana, volví de cenar, solo, tarde, y tres tipos en una moto le robaron a una señora que estaba atrás mío. Le sacaron la cartera. Cuando les grité desde la puerta de mi casa, con las llaves en la mano, uno me mostró el arma. Casi me hice encima.
Por último, a un edificio de distancia, se puso en venta una casa para hacer… otro edificio, más alto, más grande, más pipí cucú… que nos iba a sacar toda la luz que entraba por la cocina, el baño y el living. La cocina, el baño y el living eran los tres lugares más luminosos del departamento.
Después de mucha mala sangre, ataques de asma, bronquitis y otras enfermedades mentales (que sufrí yo solo, claro), decidimos vender el departamento, mudarnos, seguir con nuestra vida.
No les vamos a echar toda la culpa a los vecinos, claro, pero entre que firmamos el boleto de venta y la escritura de venta (quince días), N y yo nos separamos después de casi cuatro años de enorme felicidad y linda convivencia.
Salvo, desde ya, por nuestros buenos vecinos.
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PD: ah, de más está decir que el edificio que nos iba a sacar toda la luz nunca se hizo…



-Llamame a casa.
