Me llamó mi amigo Blu y me invitó a su casa, ya que se iba a quedar solo con Santi, de cuatro años.
-Te venís tipo cinco, a merendar?
-Obvio. Llevo algo para comer -ofrecí.
Salí de casa a las 16.20, consciente de que el colectivo iba a tardar y que el Carrefour que queda a dos cuadras de la casa de Blu iba a estar repleto. Al minuto llegó el colectivo. A los diez minutos me bajé. En Carrefour no había nadie. Pero como imaginaba que los niños -y sus padres- duermen la siesta, intenté demorar mi recorrida por el súper (o híper?).
Compré, finalmente, una bandejita con medialunas de manteca y un jugo de naranja premium, que no es más que uno concentrado con gajitos, para disimular la horripilancia.
Cinco en punto toqué el timbre.
-Puntual, eh? -me dijo Blu.
Santi estaba empapado de la pelopincho. Me invitó a nadar.
-No traje malla, Santi.
-Por qué?
-Porque no… No quiero ir a la pileta.
-Por qué?
-Porque no…
-No te gusta el agua?
-Sí me gusta.
-Y por qué no trajiste malla?
Rápidamente cambiamos de tema para evitar el cuento de la buena pipa. Blu hizo mate, nos sentamos a tomar mate y comer medialunas mientras Santi miraba Disney Chanel.
Las medialunas eran de las más feas que probé en mi vida, aunque me comí ocho. Eso se llama gula. O atracón.
-Me aburro, quiero jugar a algo! -protestó Santi.
Blu buscó el Juego de la Oca y arrancamos, sentados en el piso. Tuve que acomodarme varias veces a la incomodidad del suelo (o de mi cuerpo).
Empecé bien, arriba, rompiéndoles el culo a mi amigo y su hijo. Sin contemplaciones, iba en busca de mi victoria, la primera del año… Pero un maldito casillero me hizo retroceder quince.
Santi, de cuatro años, terminó ganándonos por afano a los dos, después de una hora de dura contienda.
-Vamos arriba que está lindo a esta hora en la terraza -propuso Blu.
Llevamos el jugo, nos sentamos a charlar, mientras Santi se enchastraba limpiando la parrilla e interrumpía mientras yo contaba mi viaje a Chile y los percances sentimentales.
Corrí unas sillas apiladas, que obstaculizaban la puerta que da a la escalera, para apoyar los pies.
Y… PUM!
Se cerró de un portazo. Y no la podía abrir.
-Se cerró????????? -consultó Blu, preocupado.
No había manija, ni llave, ni nada. Las sillas que corrí estaban para eso, para que no se cerrara la puerta. Imaginé que tal vez la podría abrir con una tarjeta de crédito, como en las películas.
Blu, Santi y yo, encerrados en la terraza con un jugo de naranja.
Blu, pensativo, dijo ‘ahí vengo’, saltó a otra terraza, de ahí al balcón de su cuarto. Escuché un ‘ahhjjj’. Al rato, abrió la puerta desde adentro. Dijo, tomándose la rodilla:
-Pensé que estaba más cerca. Me hice mierda las piernas.
Dolorido, se sentó. Santi, aburrido, buscaba cosquillas. Jugamos a que era el pollo: lo acostaba en mis piernas, lo pinchaba, le ponía sal y le mordía la patita.
-Levantame tío Jota, ahí, ahí!
Arriba, abajo, arriba, abajo, volando, arriba de la parrilla, de acá para allá.
-De nuevo!
Arriba, abajo, arriba, abajo, volando, arriba de la parrilla, de acá para allá.
A la media hora no podía ni respirar del cansancio.
Cómo hacen los padres? Tienen dobles de riesgo? Será por eso que los que tienen esposa e hijos siempre quieren quedarse más tiempo en el trabajo que nosotros los solteros?
Cerca de las ocho, avisé que me iba. Subí al colectivo, bajé a unas cuadras de casa, caminé. Casi llegando a casa, una amiga me llamó por teléfono. Al borde del llanto, me contó que había cortado con su novio. Media hora después, entré a casa, dejándola -creo- más o menos tranquila.
Y exhausto, al fin, me tiré en el sillón.