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octubre 06, 2009 by
Jota
“Es inevitable despertarme pensando en vos”.
Si a las 10.08 de la mañana recibís ese mensaje de texto, tenés tres alternativas:
1) recorrés, así sea a pata, los 62,8 kilómetros que -según Google Earth- hay entre la puerta de mi casa y la puerta de la casa de Lady D.
2) te agarrás los huevos con la puerta de tu casa dada la imposibilidad de recorrer esos kilómetros en ese momento -todos sabemos que a veces un dolor te hace olvidar el otro-.
3) respondés algo lindo -nunca tan lindo como eso, claro- y te la bancás, sabiendo que el día va a llegar.
Yo opté por la opción tres; como siempre, ni lo tan bueno ni lo más malo. Pero me quedé pensando en ella, como era de suponer, en lo que es, en lo que hace, en las increíbles coincidencias, y…
La cosa es que en mi cabecita una cosa llevó a la otra, básicamente, y como Lady D hace natación (no vamos a ahondar en lo bien que le queda la bikini), recordé mi historia con la natación, que no viene al caso pero la voy a contar.
Cuando yo era Jotita y tenía unos seis años, mis padres decidieron que tenía que aprender a nadar. Y una o dos veces por semana, no recuerdo con precisión, me llevaban a natación. El primer día, volví a casa y durante la cena me mostré tan sorprendido como feliz:
-Ya me sé tirar de cabeza!
Papá y mamá, imagino aunque tampoco me acuerdo con precisión, se habrán sentido orgullosos. Pero algo pasó por mi cabeza que a las pocas semanas dejé de tirarme, justamente, de cabeza. No podía. Me daba miedo. Nadaba bien, aguantaba la respiración, tenía hasta cierto estilo para nadar pecho, pero no podía tirarme de cabeza. Nunca entraba al agua como corresponde: o separaba los brazos o levantaba la cabeza o metía un panzazo o…
A pesar de mi sapiencia, unos veranos después, en Villa Gesell, casi me ahogo en el mar junto con mis amigos Blu y Lalo. Recuerdo a nuestros papás lanzándose al agua para ‘salvarnos’. Eramos unos enanitos que no hacíamos pie a tres metros de la costa y una ola nos llevó para adentro.
Y nos salvaron.
Años más tarde, con Blu volvimos a retomar la pasión por el agua en la pileta cubierta del club All Boys. Dos tardes/noches por semana, nos lanzábamos al agua, dábamos algunas brazadas y terminábamos, cual sauna, charlando con las patas adentro del agua caliente.
Todavía entonces, yo no sabía, no podía tirarme de cabeza. Entraba al agua caminando por la escalerita, o me tiraba parado o intentaba una pirueta.
Fue por esos meses que conocimos a Leandro, un bañero -con flotadores incorporados a la altura de la panza- con el que pasamos otras vacaciones en Villa Gesell. Con él empecé a nadar en el mar, paralelo a la costa, iba y venía, siempre con la cabecita afuera del agua.
Porque, además de no tirarme de cabeza, tampoco sabía respirar bien entre brazada y brazada… Pero ya no tenía ningún temor al agua; de hecho, había empezado a fascinarme eso de nadar en el mar, cosa que hice desde entonces en cada oportunidad.
La cosa (qué cosa: me encanta usar la palabra ‘cosa’) es que Lady D también nada.
Y yo, ya con más años que cuando empecé, sigo teniendo el mismo problema, tanto en el agua como fuera de ella: me cuesta mucho tirarme de cabeza y, en este caso, nadar esos 62,8 kilómetros que me separan de mi costa…