Pasamanos 19
El Día del Niño me trajo recuerdos a montones. Uno de ellos me remonta muuuuchos años atrás. Yo era, claro, un niño.
Debía tener no más de once años. Por entonces yo iba a un club que quedaba bien lejos de mi casa, en Villa Lynch. Tenía que tomarme dos colectivos (84 y 190) para llegar e iba dos veces por semana a entrenar básquet, los sábados a pasar el día y los domingos a la mañana a jugar el partido. El resto del domingo, a veces, lo pasábamos en familia en otro club. Pero varios de mis amigos lo disfrutaban juntos: sus padres tenían o compartían casa en un country que quedaba, si no me equivoco, cerca de Luján.
A veces mis amiguitos me invitaban. Y yo iba. Y la pasaba bomba. Y pensaba en la suerte que tenían los otros chicos de poder estar todo el fin de semana juntos paveando ahí, yendo a la pileta, jugando a la pelota, comiendo asados, siempre juntos.
Una de esas tardes en las que fui invitado estábamos jugando en el pasamanos, que era algo así.
Mis amiguitos iban y venían, se tiraban, se trepaban, pasaban de caño a caño.
Yo no me animaba: lo veía difícil, peligroso, pensaba que no iba a poder llegar hasta el otro lado y que era alto como para caerse.
Pero me animé: me subí al escalón, me agarré del primer caño y avancé; dos, tres, cuatro…
Pánico.
Me paralicé. No me pude mover más. Me quedé ahí, agarrado en la mitad del pasamanos, las patitas colgadas, las lágrimas a punto de salir.
-Dale, Joti! Dale, seguí! -me decían los otros.
-No puedo! No puedo!
-Bueno, tirate!
-No, no! No puedo!
-Pero dale, Joti! Seguí, no pasa nada!
-No, no puedo!
Los chicos se miraron, preocupados. Unos salieron corriendo a buscar a ‘algún grande’ para que me viniera a rescatar. Se quedó otro, no recuerdo quién, que me alentaba a seguir.
Yo lloraba, todavía paralizado.
Pero cerré los ojos. Me puse firme. Me dije: “No podés ser tan perdedor”. Y me propuse llegar hasta el final.
Abrí otra vez los ojos, avancé al siguiente caño, y al otro, y al otro, y… Me resbalé. Me caí. Aterricé en el piso. Obviamente no fue tan grave la caída, apenas un raspón.
Ya no lloraba.
Llegaron los otros chicos, algunos grandes, preocupados.
No había pasado nada. Ahí estaba yo: sano, salvo, apenas magullado, empezando a darme cuenta de que el resto de mi vida no sería nada fácil, y que las victorias las contaría con los dedos de las manos, las mismas manos que nunca pudieron llegar al final de un pasamanos.

