Derrotas, caídas, papelones y (des)encuentros…

MdP! Manual de Perdedores


Archive for the ‘cosas de chicos’


Pasamanos 19

Posted on agosto 11, 2009 by Jota

El Día del Niño me trajo recuerdos a montones. Uno de ellos me remonta muuuuchos años atrás. Yo era, claro, un niño.

Debía tener no más de once años. Por entonces yo iba a un club que quedaba bien lejos de mi casa, en Villa Lynch. Tenía que tomarme dos colectivos (84 y 190) para llegar e iba dos veces por semana a entrenar básquet, los sábados a pasar el día y los domingos a la mañana a jugar el partido. El resto del domingo, a veces, lo pasábamos en familia en otro club. Pero varios de mis amigos lo disfrutaban juntos: sus padres tenían o compartían casa en un country que quedaba, si no me equivoco, cerca de Luján.

A veces mis amiguitos me invitaban. Y yo iba. Y la pasaba bomba. Y pensaba en la suerte que tenían los otros chicos de poder estar todo el fin de semana juntos paveando ahí, yendo a la pileta, jugando a la pelota, comiendo asados, siempre juntos.

Una de esas tardes en las que fui invitado estábamos jugando en el pasamanos, que era algo así.

Mis amiguitos iban y venían, se tiraban, se trepaban, pasaban de caño a caño.

Yo no me animaba: lo veía difícil, peligroso, pensaba que no iba a poder llegar hasta el otro lado y que era alto como para caerse.

Pero me animé: me subí al escalón, me agarré del primer caño y avancé; dos, tres, cuatro…

Pánico.

Me paralicé. No me pude mover más. Me quedé ahí, agarrado en la mitad del pasamanos, las patitas colgadas, las lágrimas a punto de salir.
-Dale, Joti! Dale, seguí! -me decían los otros.
-No puedo! No puedo!
-Bueno, tirate!
-No, no! No puedo!
-Pero dale, Joti! Seguí, no pasa nada!
-No, no puedo!

Los chicos se miraron, preocupados. Unos salieron corriendo a buscar a ‘algún grande’ para que me viniera a rescatar. Se quedó otro, no recuerdo quién, que me alentaba a seguir.

Yo lloraba, todavía paralizado.

Pero cerré los ojos. Me puse firme. Me dije: “No podés ser tan perdedor”. Y me propuse llegar hasta el final.

Abrí otra vez los ojos, avancé al siguiente caño, y al otro, y al otro, y… Me resbalé. Me caí. Aterricé en el piso. Obviamente no fue tan grave la caída, apenas un raspón.

Ya no lloraba.

Llegaron los otros chicos, algunos grandes, preocupados.

No había pasado nada. Ahí estaba yo: sano, salvo, apenas magullado, empezando a darme cuenta de que el resto de mi vida no sería nada fácil, y que las victorias las contaría con los dedos de las manos, las mismas manos que nunca pudieron llegar al final de un pasamanos.

No me río de Janeiro 28

Posted on marzo 30, 2009 by Jota

Nunca me gustó mucho festejar mi cumpleaños. No sé por qué. Tal vez tenga que ver con que soy un perdedor (in)nato y nací en enero, cuando todo el país está de vacaciones.

O sea: imagino que cuando era chico y mis papás me organizaban la fiestita de cumpleaños, venían pocos amiguitos. Habré quedado traumado, no sé…
Les decía… Nunca me gustó mucho festejar mi cumple. Desde adolescente, desde que empecé a decidir cómo celebraba cada nueva velita. Fue en ese entonces, época de secundaria, cuando un 28 de enero, día cumpleañeril, mis amigos me invitaron a jugar al paddle (o padel).
No les voy a decir que era raro porque en ese entonces, pleno auge de ese deporte romperodillas, íbamos seguido a jugar al paddle (o padel). Pero sí, para qué mentirnos: era raro, además, porque no éramos cuatro, sino cinco. Pablo, Blu, Lalo, Gaby y yo* nos encontramos en una cancha en la que nunca habíamos jugado, sobre avenida Independencia, más o menos a la altura de Jujuy. O eso recuerdo.
Y fue más raro, todavía, porque segundos antes de empezar a jugar se largó a llover. Y lógicamente, yo atiné a irme de la cancha.
-Adónde vas? -preguntó Pablo.
-Está lloviendo, boludo, no vamos a seguir jugando -respondí.
-Sigamos! No quieren seguir?
Todos respondieron que sí, hasta Lalo, poco afecto a cualquier movimiento que no sea rascarse la ingle. A mí no me quedó otra que seguir jugando. Bajo la lluvia.
Terminamos de jugar cuando ya no llovía y tomamos unas gaseosas en la calle.
-Qué se toman ahora? -consulté con la intención de compartir el colectivo.
-Yo el 124 -respondió Gaby.
-Yo voy caminando para allá, nada que ver con tu casa -respondió Pablo.
-Yo… yo también -respondió Lalo.
Me tomé, solo, el 96, derechito por Independencia, Juan Bautista Alberdi, parada y abajo, caminando a casa.
Pensaba, entonces, en todas las rarezas. Pensaba, también, en que no me habían preguntado si iba a festejar mi cumpleaños. Y pensaba, además, en que no conocía ningún 124 que pasara por ahí ni por la casa de Gaby.
Yo vivía con mamá y mi hermano en el piso 11. Al subir al ascensor del edificio, unos ruidos molestos empezaron a perturbarme. “La puta madre, justo hoy se le ocurre hacer una fiesta a un vecino?”, me quejé para mis adentros, malhumorado, cansado, agotado, mojado. Y sudado.
Ya en el piso nueve el ruido era insoportable. “No puedo tener tanta mala suerte. Justo mi vecino tiene gente en casa?”, protesté.
Al llegar al 11, al llegar a la puerta de casa, comprendí que la fiesta estaba en casa. “Mamá invitó amigas”, supuse. Hasta que escuché los gritos, las voces conocidas y una que delató todo:
-Shhh… cállense que ya viene Jota!!!
Me quise morir. Una fiesta sorpresa para mí??? Una fiesta que no quiero??? Tanta gente en mi casa y yo que me quiero ir a dormir???
Pensé en huir, en irme, en dejarlos a todos plantados. Pero no… Intenté abrir la puerta y una llave del lado de adento me lo impedía. Me abrió mamá con cara de feliz cumpleaños. Sí, de feliz cumpleaños. A su lado, todos mis amigos y amigas rebosaban una sonrisa que odié durante años.
Mamá dijo “feliz cumple, Joti”, y me dio un beso. Mis amigos y amigas hicieron fila para saludarme, mientras yo maldecía mi estado y su idea.
Comimos, tomamos, a la noche vimos un Boca-River veraniego que transmitían desde Mar del Plata. Y al final…
-Te sorprendimos!! Te gustó?? -me preguntaron durante toda la tarde y la noche.
Yo respondí que no. Y lo mantuve durante años.
Pero eso no es de perdedor, claro. Es de mala onda. La derrota llegó mucho después. Desde hace años, me gusta festejar el cumpleaños, hago juntada en casa o fiesta en alguna terraza amiga, o asado con amigos, o algo. Pero ahora que quiero no siempre puedo: nunca hay nadie.
Es la maldición de nacer en enero…
*Tal vez me equivoque en algún nombre (no en el mío, claro), es que pasó bastante tiempo…
PD: tan perdedor es cumplir en enero (o febrero) que hice un lindo grupito de facebook.

Cabeza dura 15

Posted on marzo 16, 2009 by Jota

Hay anécdotas, situaciones del pasado, que explican todo. Todo.

Debía tener cuatro o cinco años -o debería preguntarle a mamá para sacarme la duda- cuando sufrí el accidente más grave de mi vida.
Estaba con mis abuelos, que vivían en Villa del Parque, en un hermoso departamento al que hoy llamarían PH y venderían como agua en el Sahara. Probablemente cansado de inventar entretenimientos para mí, mi abuelo me llevó a la plaza, que estaba y todavía está en Arregui y Enrique de Vedia, un precioso pasaje que todavía se mantiene intacto y alejado de los ruidos.
Por entonces, el arenero no tenía arena y los juegos de plaza estaban enclavados sobre una superficie áspera y rugosa, de pavimento con piedritas, ideal para romperse las rodillas y partirse la cabeza.
Yo era un nene inquieto, dicen, pero buenito. Un tanto pispireta, tal vez. En la plaza, esa mañana, no había nadie; creo que estaba nublado, o hacía frío. O simplemente no había nadie, para qué mentirles. Los juegos, además, estaban bastante arruinados.
Me alejé un poco de mi abuelo, miré el tobogán y descubrí en el medio de la bajada de madera un agujero enorme por el que podía pasar yo si me tiraba desde lo más alto. Y empecé a subir por las escaleritas.
-No, Jotita! Está roto, no se puede! -gritó mi abuelo.
-No, Abuelo, no me voy a tirar, sólo quiero ver desde arriba! -respondí.
Era verdad. No era inconsciente, sólo curioso. Subí los escalones uno a uno, despacito, como un nene de cuatro (o cinco, ya le preguntaré a mamá) puede hacerlo. El tobogán era muy alto, antiguo, de hierro corroído y madera despintada por el paso del tiempo.
Llegué hasta la cima y miré el agujero enorme. Miré a mi abuelo, él me miró y repitió la advertencia. No estaba tan loco, no. Pero quería jugar. Y en vez de bajar la escalera como cualquiera hubiera hecho, me di vuelta -la espalda contra los escalones de madera, los brazos hacia atrás para tomarme del agarre de hierro- y empecé a bajar de frente a mi abuelo, a contramano del mundo.
(lo que sigue no lo recuerdo… me lo contaron)
Jotita bajó un escalón, y otro, y otro, y el cuarto cedió, se movió, tal vez hasta se salió de su eje. Y Jotita voló. Cayó de cabeza contra el pavimento y se desvaneció. Sólo entreabrió los ojos en brazos de su abuelo, que corría desesperado buscando algún tipo de ayuda, y volvió a desmayarse. En esas épocas, los celulares no eran ni siquiera imaginables, y teléfono sólo tenían algunos. No sé cómo llegó Jotita adonde llegó -su abuelo nunca tuvo auto-, ni cuánto tardó.
(y recuperé la conciencia)
Desperté en el Hospital de Niños, con algunos magullones menores. Dicen que estuve dos días en terapia intensiva, que me hicieron mil doscientas treinta y ocho resonancias magnéticas para confirmar que el pulmón no estuviera al lado del cerebelo ni que el cerebro se acercara a la pantorrilla. No hubo sangre. No se me partió el coco.
Increíblemente, todo estaba en su lugar. El golpe había sido terrible. Y en la cabeza. Sólo tenía un huevo de pascua, de esos gigantes, enormes (pero en este caso no de chocolate), en la cabeza. Creo que mamá lloraba cuando desperté. Yo en poco tiempo me hice un amiguito de la cama de al lado, cambié figuritas y recibí un cuaderno con dibujitos de mis compañeros del jardín.
A los pocos días estaba como si nada, con mi vida normal y con certezas: mi cabeza es dura y los tornillos interiores quedaron flojos. 
Eso tal vez explique todo.

Feliz día, mamá (II) 16

Posted on marzo 10, 2009 by Jota

(continúa del post de ayer)

…pasé la noche abrazado al inodoro, expulsando partículas de todas las frutas conocidas por el hombre, sacando el diablo de mi interior. Habré logrado dormirme a las ocho de la mañana; me desperté a las 11, llamé a mi mamá:
-Hola, ma (dije con voz de Mostaza Merlo).
-…
-Ma?
-Quién habla?
-Yo, Jota!
-Hola… estás bien?
-No, más o menos…
-Qué te pasa?
-Tomé mucho anoche…
-…
-Feliz día.
-Gracias (dijo, sin poder evitar tentarse).
-Ahora me baño y voy para allá, pero no creo que coma… no tengo hambre.
Me bañé, me cambié y salí para lo de mi mamá. Las ojeras me llegaban a las rodillas y de tanto en tanto me las pateaba al caminar. Tenía en mi interior un volcán en erupción y en mi cabeza un disco de AC/DC con la percusión de La bomba de tiempo.
Mamá me recibió con un tanto de pena. Sin plata y rin regalo, le había comprado una rosa en el quiosco de flores de la esquina, para no llegar con las manos vacías. La miré comer, recostado en el sillón, mientras lo único en lo que pensaba era en la posibilidad de morirme de un paro cardíaco para terminar de una vez con esa sensación insoportable. Terminé de mirarla comer, en lo que seguramente fue su peor Día de la Madre, y me fui al trabajo. Desde ahí, llamé a Tele para ver cómo estaba.
-Cómo estás? -se anticipó él.
-Para atrás. Acá, en el trabajo, con un paquete de Criollitas en la mano y una botellita de agua. Todo lo demás me da asco. Doy pena, te juro. Vos cómo andás?
-Terrible. No sé, me siento muy mal, no entiendo cómo puedo estar así después de tomar solamente whisky.
-Me estás cargando?
-No, por?
-Si tomaste de todo!
-Cómo de todo, tomé whisky nomás.
-No, boludo, si vos hacías los tragos!
-Qué tragos?
No se acordaba de nada. De la barra, de las frutas, de la licuadora, de quién quiere ser barman por una noche. Nada. Tal es así que me contó su propia anécdota con su madre.
-Llegué y me fui a dormir -arrancó-. Cuando me levanté, con resaca, hecho mierda, me acordé de que tenía pensado dejarle a la madrugada a mi mamá las zapatillas que le había comprado, acercárselas al pie de la cama para que se despertara con la sorpresa. Y me sentí mal porque me había olvidado, pero no encontraba las zapatillas por ningún lado. Me levanté, fui al baño y vi a mi mamá de acá para allá, ordenando cosas, con las zapatillas puestas, feliz de la vida. Y la puteé, que cómo las agarra así nomás, que yo le quería dar la sorpresa, que por qué no me esperó! Ella me preguntó si la estaba cargando, le dije que no. Y me dijo: “Tele, vos entraste a mi cuarto a la mañana a dejarme las zapatillas, me desperté, estuvimos charlando como media hora y te fuiste a dormir. No te acordás?”. Y no, no me acordaba…
Me reí de su desgracia, intenté devolverle los pedazos de noche que no tenía en su memoria. Y nos despedimos. Seguí en el trabajo, resacoso, impresentable, hasta cerca de la medianoche. 
Y nunca más volví a tomar tanto como aquella vez.

Feliz día, mamá 17

Posted on marzo 09, 2009 by Jota

Hace muchos, muchos años, Diego -alias El Hongo por Hongo- me invitó a una mega fiesta que organizó en su casa. No fui solo: como casi siempre, emprendí el viaje con mi amigo/vecino Tele, que por entonces vivía frente a mi casa.

La fiesta tenía una consigna: “Hay que venir vestido con una toga romana“.
-Lo qué? -pregunté.
-Llevá una sábana y te envolvés en ella -me contestó Tele, siempre sabio, siempre dispuesto a tapar mis baches.
Tele y yo éramos, y creo que aún lo somos, un tanto particulares. En ese momento quisimos diferenciarnos del resto y en vez de llevar una sábana blanca para simular la toga, llevamos sábanas con dibujitos. No recuerdo bien, pero creo que la de él tenía unos patitos y la mía, unas líneas azules esparcidas por toda la tela. No provocamos complicidad; más bien dimos un poco de pena.
Llegamos a la casa de El Hongo, una casa enorme con un jardín de invierno precioso y un fondo que, al empezar la fiesta, tenía un lindo verde y al terminar, algunos charcos de un espeso líquido verdoso. 
Desde ya, fuimos vestidos ‘de civil’ y nos cambiamos en un cuarto, no sin antes percatarnos de que todos los que ya estaban sólo tenían su ropa interior debajo de la sábana. Y las mujeres, sólo la ropa interior de abajo. La parte de arriba? Sólo cubierta por la sábana, que iba y venía al ritmo del baile.
Pequeño detalle para tener en cuenta: era sábado y al día siguiente, domingo, era el Día de la Madre y, además, yo trabajaba a la tarde/noche.
Como dije, llegamos, nos cambiamos, fuimos bien recibidos por El Hongo y otros amigos. En mi caso, la recepción tuvo un condimento:
-Qué bueno que viniste, Jotín! Me enteré que L te dejó, qué mal… Acá te vas a divertir, está lleno de minas, nada de estar triste!
-Corté hace diez meses, Hongo, está todo bien.
-Bueno, pero te vas a divertir!
-Sí…
Hasta ese día, y hablo del año 2000, sólo me había empedado una sola vez.
En el 2000, entonces, ocurrió la segunda. Y fue terrible.
El Hongo y sus amigos habían armado una barra, llenado de frutas unos bowls y preparado una licuadora. A los quince minutos, Tele estaba a cargo de las mezclas y Jota (como siempre, desde aquí es un tercero, yo no lo conozco ni tengo nada que ver), a cargo de probarlas. Por elección.
A la hora, Jota estaba completamente ebrio. Había tomado vodka con frutillas, con durazno, con uvas, con peras, con manzana; ron con frutillas, con durazno, con uvas, con peras; melón con vino, sandía con dulce de leche y lechón con arrolladitos primavera.
Las amigas de L, por entonces ya la ex de Jota, pero a la vez amigas de las hermanas de El Hongo, pasaban a su lado y lo acariciaban, pero él, borracho, ya no tenía reacción.
Cerca de las seis de la mañana, después de haber bailado y tomado durante toda la noche, Jota y Tele decidieron irse. Pero para contar lo que sigue voy a volver a ser yo…
Quería cambiarme, sacarme la toga romana apestada de alcohol y sudor. Pero no podía: la puerta de la habitación en la que había dejado mis cosas estaba cerrada y nadie respondía adentro. El baño, en donde quería cambiarse Tele, también estaba cerrado. Rápidamente nos dimos cuenta: en la habitación, en el baño, en el sótano, en todos los rincones de la casa había chicos y chicas haciendo cosillas, mientras yo emanaba un vaho decrépito producto de la mezcla frutal.
Después de un rato me abrieron la puerta del cuarto; entré, me senté en el borde de la cama, me saqué la sábana de encima y recién ahí, en calzones y tambaleante, juro que recién entonces me percaté que sobre la cama había una parejita que, entre risas, me miraba ponerme -con notoria dificultad- el jean y la remera. No me importó. Terminé de cambiarme, salí.
Caminamos unas cuadras, tomamos un taxi al que con muchos problemas logré guiar hasta mi casa.
Llegamos. Bajamos. Nos despedimos. Yo entré a mi casa, Tele a la suya. Y…
(sigue mañana… no sean impacientes)


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