Derrotas, caídas, papelones y (des)encuentros…

MdP! Manual de Perdedores


Archive for the ‘cosas de chicos’


Borracho 22

Posted on marzo 02, 2009 by Jota

Me gané el mote de Joven Argentino por no tomar alcohol, ni consumir drogas, ni salir hasta altas horas de manera alocada. Lucas, mi amigos Lucas, me empezó a llamar así. Claro, él era todo lo contrario.

Tenía dieciseis años cuando tomé alcohol por primera vez, en Villa Gesell: un destornillador que me dejó tambaleando durante gran parte de la noche. Desde entonces, ése fue mi trago de cabecera (y mi único trago). Soy un tanto reacio a las novedades, a los cambios. Siempre tomaba un poquito, un trago, a lo sumo dos en una noche. Nada de emborracharse.
Así, sobrio, sin antecedentes, llegué a los veinte años, a una fiesta despedida de un amigo que se iba de viaje. Eramos muchos, muchísimos, en la casa de Pablo L, uno de los muchachos del grupo. Otro sobrio por elección.
Había cerveza, pero no me gusta la cerveza. Había vino, pero no me gusta el vino. Había tragos, pero… Bueno, empecé a probar los tragos. Ron+Coca, vodka+jugos, gaseosas+loquevenga y (comenzamos a desconocer a esa persona protagonista) Jota empezó a perder el sentido de la realidad y a desconectarse del mundo. Y a tomar cerveza y vino, todo lo que no le gustaba.
Para ser su primer ‘pedo’, fue un tanto triste. Un tanto ASI de triste.
A los cinco minutos Jota lloraba por los rincones, miraba gente y la saludaba con abrazos al murmullo de “vosss shabés qjjjue te quiero musscho, no?”. Así, por todos lados, así a todos: amigos, amigas, ex novia, amigos, amigas, ex novia. Ida y vuelta.
En un momento fue a la cocina, enchastrada de pé a pá, y no pudo mantenerse en pie. Por esas épocas, una publicidad televisiva (no recuerdo si era de chicles o de qué cosa) mostraba a un tipo mordiendo una cebolla. Mi amigo Tele, aprovechándose del estado de Jota, le dio una cebolla y le dijo ‘mordela, como en la propaganda’.
Jota tuvo un rapto de lucidez y, con la cebolla ya en la boca, a punto de ser mordida, se avivó del chiste.
Después de unas horas, Jota mejoró. Sentado en la cocina, escuchaba cómo sus amigos charlaban de algo. De pronto… estalló nuevamente en llanto.
-Qué pasa?? qué te pasa!!! -le preguntaban al pobre Jota.
-No vessh cómo estáaa?? Pobreeeeeeee, no la puedo ver así!!!!! -respondió Jota después de ver a su amiga Cora en peor estado que él.
Mucho más tarde, Jota, o sea yo (ya estamos en condiciones de hacernos cargo de nuestra realidad), ya había dejado de tomar y estaba en casi perfectas condiciones. Sobrio, sereno, medido pero mareado, le pedí a Arcu que me acompañara al baño a lavarme la cara.
-Boludo! Mirá cómo tengo los ojos!! -me sorprendí.
-…
-Boludo en serio! Mirá!! Qué me pasó?
-Me estás cargando?
-No…
-Estuviste llorando toda la noche, pelotudo!!
-Y por qué?
-…
No me acordaba de nada. De nada. Con las horas, con los días, recordé ciertas cosas que hoy cuento en exclusiva para todos (suena re bien el ‘en exclusiva’). Esa fue mi primera borrachera.
Lamentablemente, no fue la última…

Mickey Mouse 25

Posted on febrero 23, 2009 by Jota

Hace un par de entradas (porque, sépanlo, en el mundo blogger el tiempo se mide en entradas o posts) confesé mis problemas mascoteriles y cómo me autoprovoqué la fobia a las arañas. También conté que quedaba pendiente un asunto de ratones… He aquí:

Al terminar la primaria, una compañera me regaló una mascota. Hamster? No. Cobayo? Tampoco: una rata de laboratorio. Una lauchita. Simpática e inofensiva como ésta:
Yo no tenía entonces un lugar en donde pudiera hacerla sentir ‘cómoda’, pero le armé una caja re agradable para que se amoldara hasta conseguir una buena pecera con la ruedita para hacer ejercicio.
La primera noche desperté a las 3AM con la ratita caminando por la mesa. Por entonces, yo no tenía idea que saltaban y trepaban tanto como para escaparse de su hogar.
A los pocos días me regalaron la pecera con la ruedita. Y a las semanas, pensé:
-Pobre ratita, no tiene con quién jugar. Le voy a comprar una novia.
Le compré, entonces, una hembrita para que pudiera hacer de las suyas. Y a los pocos días, las ‘suyas’ fueron 14 crías, pequeños deditos sin pelos y con los ojos cerrados, espantosas criaturas del señor, que al crecer fueron primero como tampones saltarines, hasta convertirse en diminutas bestias hambrientas. Aun así, éramos felices: jugaba con ellas, las acariciaba, las agarraba de la cola o de la pielcita que está detrás del cuello… Una familia Flanders.
A las semanas, pensé:
-Son todas iguales, es medio un embole. Me voy a comprar una negra.
Y fui a comprar una ratita negra.
A los pocos meses tenía más de 40 ratitas blancas, negras, grises y con manchitas, en dos peceras en una biblioteca amurada a la pared, arriba de mi cama. Mamá no lo podía creer, pero no se quejaba: Jotita era responsable, limpio, cuidaba de sus mascotas y les cambiaba el aserrín cotidianamente. Y era feliz.
Pero todo tiene un final, todo termina. Y Jotita -ya en tercera persona, porque no me hago cargo de lo que sigue- solía abandonar todo lo que empezaba.
Jotita se cansó un poco de tantas ratas, de tantos cuidados, y las ratitas empezaron a morir. Para evitar nuevos nacimientos, separó nenes de nenas y los puso en peceras diferentes: si la quieren pasar bien, sean homosexuales, soy híper abierto, pero nada de tener más hijos.
Meses después, quedaban menos (las ratitas no tienen siete vidas, como los gatos), pero muchas para lo que Jotita quería, así que llevó unas cuantas al acuario en donde las vendían.
Y le quedaron dos. Blanquitas, como las del principio.
Una mañana, Jotita despertó y encontró una de las ratas dando vueltas por la biblioteca y otra ausente sin aviso. Después de mucho buscar, la encontró caminando por el pasillo y, al querer atraparla, casi la aplasta contra la pared. Murió, renga, pocos días después.
Al tiempo, la otra también se escapó. Y Jotita y su madre, después de mucho buscar, la encontraron dando vueltas por la cocina. Cuando estaba arrinconada, Jotita se agachó para agarrarla y la ratita se le metió por la manga del buzo. Jotita saltó, gritó, sacudió su brazo hasta que la ratita cayó y se escurrió por debajo del bajo mesada. Y nunca más apareció. Mamá Jota puso veneno para ratones, sacó ollas y alimentos del bajo mesada, pero nada. Había desaparecido.
Jotita soñó con que la rata reaparecía dentro del sachet de leche, del paquete de polenta o de la caja amariiiilla del arroz Gallo Oro. Se despertó varias noches sobresaltado, nervioso por la aparición umbría de semejante horripilancia.
Y desde entonces, también, se agarró esa fobia. Una más. Porque se imagina levantándose una mañana con esta imagen delante de sus ojos…

Aracnofobia 22

Posted on febrero 17, 2009 by Jota

Mi departamento familiar no fue lo que se dice un culto a la normalidad.

No teníamos perro. No teníamos gato -hasta ya entrada la adolescencia mía y de mi hermano-. Tuvimos, sí, unas cuantas mascotas extrañas. Y nos teníamos a mi hermano y a mí, que no es poco.
Cuando mi hermano nació le regalaron una tortuga. A mí, que nací años después, una tortuga de agua. Mi hermano, después, quiso copiarse, se compró una igualita pero ‘se escapó’, voló por el balcón y bueno… creo que ya lo conté tiempo atrás.
Sin dejar las tortugas, pasamos a los peces de agua tropical: teníamos peceras, piedritas, calentadores, filtros, piedras y, claro, peces de colores. Cierta vez fuimos a pescar al campo de una amiga de mi papá y nos trajimos peces de río: los juntamos con los de colores y a la mañana siguiente, uno de los de río tenía medio pecesito naranja afuera de la boca (la otra mitad, claro, ya estaba dentro, deglutida).
Seguimos con hamsters, un conejo que mi hermano se trajo de una quinta, gorriones, jilgueros, loros, cotorras… Habremos querido otro hermanito, acaso? La sección ratas de laboratorio, de la cual me hago cargo, la dejo para otro día. Es larga.
En fin, cuestión que éramos lo suficientemente bicheros. Y yo no me detuve ahí.
Ya sin peces en mi pecera, un día comencé a juntar arañitas. Sí, arañitas, de ésas que andan dando vueltas por los hogares. Puse una, dos, tres, cuatro en la pecera, que quedó tapada con un nylon transparente y sellada con cinta adhesiva, que sólo sacaba por segundos para meter alguna mosca o bicho bolita para que mis mascotas se alimentaran.
Un día, las arañitas hicieron unos huevitos blancos.
Otro día, los huevitos blancos hicieron nuevas arañitas.
Y un día desperté con la pecera lleeeena de arañitas chiquititas, así de chiquititas, que iban y venían por la pecera.
Cien? Quinientas? Miles? No sé, eran muchas, pero muchas.
Y Jota, que por entonces era Jotita, pensó: “Uh, pero no se me van a morir sin aire? Podrán respirar?”
Claro que no, definió Jotita. Y le hizo muchos agujeritos al nylon para que entrara aire.
Y Jotita dejó la pecera arriba de su cama y se fue a jugar con los amiguitos.
Y cuando volvió de jugar, fue a ver cómo estaban sus mascotitas.
Y obviamente las mascotitas ya no estaban: se habían escapado por los agujeritos que Jotita había hecho para que respiraran.
Jotita cambió las sábanas, tiró Raid. Aun así, esa noche soñó con arañas.
Y desde ese día, amigos, Jota les tiene fobia a las arañas.

La ventanita 15

Posted on diciembre 10, 2008 by Jota

Cuando era chico vivía en un piso once. Cuando era chico pasaba muchas horas mirando por la ventana del cuarto. Cuando era chico era re jodón. Y bastante boludo.

Con mi hermano teníamos la costumbre de molestar a la vecina de la planta baja, que tenía un patio precioso, con baldosas de un color ladrillo que brillaban de tanta limpieza y lustre. Muchas mañanas de fines de semana, mi hermano y yo veíamos desde la ventana del cuarto cómo la vecina limpiaba ese piso, lo baldeaba, le pasaba trapos y más trapos hasta dejarlo cual espejo.

Una mañana, a mi hermano se le ocurrió una idea: enloquecer a la vecina. Mientras ella limpiaba, nosotros le tirábamos pedacitos de algodón húmedo que iba a parar instantáneamente a su piso recién baldeado. Estuvimos así durante minutos, mientras la vecina enloquecía. Ya conformes, nos dedicamos a otra cosa.

Pero claro… Mi hermano siempre fue bastante más inteligente para esas cosas. A las pocas semanas, a mí se me ocurrió volver a tirar cositas para abajo. Muñequitos, autitos, bloques de madera para encastrar que usaba cuando era todavía más chico… La primera tanda, la vecina la sacó sin chistar. La segunda la dejó. La tercera, también. ¿Por qué lo hacía? ¿Por qué no se llevaba toda la mugre que yo le tiraba?

Dos días después hallé la respuesta. Mamá me hizo ver por la ventana y me preguntó si esos juguetes y porquerías eran míos. Dije que sí, y mamá me agarró del brazo, me metió en el ascensor, me hizo bajar con ella los once pisos, tocar el timbre, pedirle disculpas a la vecina y subir, muerto de verguenza, con las manos llenas de chiches que no sólo no iba a volver a tirar por la ventana, sino que siquiera iba a volver a tocarlos…

Hasta las mamá…nos 24

Posted on noviembre 19, 2008 by Jota

Viajábamos con mamá no sé hacia dónde, ni recuerdo cuándo. Yo era chiquito, debía tener unos ocho, diez años, no mucho más. El colectivo estaba lleno. En esas épocas, los colectivos tenían sólo dos puertas: adelante y atrás. Las dos finitas, nada de coches accesibles para discapacitados ni modelos modernos, nada de doble puerta en el medio; todos tenían dos filas de butacas a la derecha, una a la izquierda y cinco asientos atrás. Todos eran iguales.

Llegamos al lugar de destino, que no recuerdo cuál era, ni siquiera cuándo. Mamá bajó primero, yo detrás. Era una calle concurrida, había mucha gente caminando por la vereda. Me entretuve mirando algún cartel, alguna vidriera, algo. O tal vez mirando el piso: siempre fui de caminar mirando el piso. Tomé a mamá de la mano, seguí caminando, ella se frenó.

La miré.

Y no era mi mamá.

Había agarrado de la mano a una señora cualquiera que caminaba por la calle y que, tal vez, supongo, tenía un pantalón parecido. No miraba para arriba. Miraba siempre para abajo…

Le solté la mano rápido, asustado. Me desesperé. No encontraba a mi mamá.

Casi al borde del llanto, la encontré. O ella me encontró a mí. Me tomó de la mano. Esa sí era su mano.



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