Borracho 22
Me gané el mote de Joven Argentino por no tomar alcohol, ni consumir drogas, ni salir hasta altas horas de manera alocada. Lucas, mi amigos Lucas, me empezó a llamar así. Claro, él era todo lo contrario.
Me gané el mote de Joven Argentino por no tomar alcohol, ni consumir drogas, ni salir hasta altas horas de manera alocada. Lucas, mi amigos Lucas, me empezó a llamar así. Claro, él era todo lo contrario.
Hace un par de entradas (porque, sépanlo, en el mundo blogger el tiempo se mide en entradas o posts) confesé mis problemas mascoteriles y cómo me autoprovoqué la fobia a las arañas. También conté que quedaba pendiente un asunto de ratones… He aquí:


Mi departamento familiar no fue lo que se dice un culto a la normalidad.
Cuando era chico vivía en un piso once. Cuando era chico pasaba muchas horas mirando por la ventana del cuarto. Cuando era chico era re jodón. Y bastante boludo.
Con mi hermano teníamos la costumbre de molestar a la vecina de la planta baja, que tenía un patio precioso, con baldosas de un color ladrillo que brillaban de tanta limpieza y lustre. Muchas mañanas de fines de semana, mi hermano y yo veíamos desde la ventana del cuarto cómo la vecina limpiaba ese piso, lo baldeaba, le pasaba trapos y más trapos hasta dejarlo cual espejo.
Una mañana, a mi hermano se le ocurrió una idea: enloquecer a la vecina. Mientras ella limpiaba, nosotros le tirábamos pedacitos de algodón húmedo que iba a parar instantáneamente a su piso recién baldeado. Estuvimos así durante minutos, mientras la vecina enloquecía. Ya conformes, nos dedicamos a otra cosa.
Pero claro… Mi hermano siempre fue bastante más inteligente para esas cosas. A las pocas semanas, a mí se me ocurrió volver a tirar cositas para abajo. Muñequitos, autitos, bloques de madera para encastrar que usaba cuando era todavía más chico… La primera tanda, la vecina la sacó sin chistar. La segunda la dejó. La tercera, también. ¿Por qué lo hacía? ¿Por qué no se llevaba toda la mugre que yo le tiraba?
Dos días después hallé la respuesta. Mamá me hizo ver por la ventana y me preguntó si esos juguetes y porquerías eran míos. Dije que sí, y mamá me agarró del brazo, me metió en el ascensor, me hizo bajar con ella los once pisos, tocar el timbre, pedirle disculpas a la vecina y subir, muerto de verguenza, con las manos llenas de chiches que no sólo no iba a volver a tirar por la ventana, sino que siquiera iba a volver a tocarlos…
Viajábamos con mamá no sé hacia dónde, ni recuerdo cuándo. Yo era chiquito, debía tener unos ocho, diez años, no mucho más. El colectivo estaba lleno. En esas épocas, los colectivos tenían sólo dos puertas: adelante y atrás. Las dos finitas, nada de coches accesibles para discapacitados ni modelos modernos, nada de doble puerta en el medio; todos tenían dos filas de butacas a la derecha, una a la izquierda y cinco asientos atrás. Todos eran iguales.
Llegamos al lugar de destino, que no recuerdo cuál era, ni siquiera cuándo. Mamá bajó primero, yo detrás. Era una calle concurrida, había mucha gente caminando por la vereda. Me entretuve mirando algún cartel, alguna vidriera, algo. O tal vez mirando el piso: siempre fui de caminar mirando el piso. Tomé a mamá de la mano, seguí caminando, ella se frenó.
La miré.
Y no era mi mamá.
Había agarrado de la mano a una señora cualquiera que caminaba por la calle y que, tal vez, supongo, tenía un pantalón parecido. No miraba para arriba. Miraba siempre para abajo…
Le solté la mano rápido, asustado. Me desesperé. No encontraba a mi mamá.
Casi al borde del llanto, la encontré. O ella me encontró a mí. Me tomó de la mano. Esa sí era su mano.