Tal vez por un remedio que tomé hasta enero por mi ya conocida urticaria autoinmune, llevaba meses, sino años, sin enfermarme de esas pestes habituales como gripes o anginas. Pues bien: en enero dejé de tomar ese remedio. Y he aquí el resultado.
El sábado amanecí agotado. El domingo me desperté con algo de dolor de garganta. Por la noche me sentí afiebrado. El lunes mi garganta era la del diablo, colorada, infernal, ardiente. A la tarde, en el trabajo, volaba de fiebre. El martes, sin más, mi cuerpo dijo basta.
No pude levantarme de la cama. Al mediodía le mandé mensaje a mi jefe. Me llamó al rato:
-Ah, con esa voz ni te pregunto como estás
Dijo, y dijo que no me preocupe, que descansara.
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Ahora bien: qué se hace en casa cuando se está enfermo y solo?
Nada. O nada productivo.
En estos tres días que llevo de cama no hice nada que me generara orgullo. Para empezar, llamé al médico demasiado tarde, recién a la noche del martes. Llegó cerca de las nueve una doc más que interesante, veterana ella pero muy bien conservada que, antes de irse, me dejó su tarjeta:
-Cualquier cosa, en vez de llamar a la obra social me podés llamar a mí y vengo directamente
Dijo después de diagnosticarme anginas, y yo le miré las tetas. Estoy pasando un gran momento.
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Cuando se fue, corrí (es un decir) a comprar los remedios: el antibiótico Azibiotic (azitromizina 500) e ibuprofeno 600, para bajar la fiebre. Para entonces ya pasaba largamente los 38 grados.
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Cuando uno se siente mal, no tiene hambre. Es un hecho. Y es un hecho que yo no soy normal. Ese mediodía almorcé un platazo de capelettinis. A la noche volví a insistir con los capelettinis. Ayer al mediodía me arrebaté con una bolsa (entera) de patitas de pollo (eso sí, al horno). A la noche opté por cenar liviano: queso y dulce… Hoy, directamente no almorcé: dulce de batata con dulce de leche casero.
Tengo problemas.
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Porque además me pongo a cocinar cuando estoy enfermo: hice dulce de leche. Horas y horas revolviendo en una cacerola un litro de leche, dos tazas de azúcar y una cucharadita de bicarbonato para que te salga un tarrito así de dulce de leche, que está buenísimo pero no es el chimbote.
En el interín, entre revolvida y revolvida, destrocé dos paquetitos de pañuelos: mi nariz era un incesante ir y venir de mucosidad espantosa (hola chicas!!
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Ayer a la tarde tuve que salir a comprar más pañuelos. Opté por una bolsa de seis paquetes de Carilina de Elite y una cajita de Kleenex como la que ilustra este post. Mejor que sobre y no que falte.
La productividad, tal vez, estuvo dada por el concurso del post anterior. Cien personas, que probablemente tengan muchos más problemas que yo, se sumaron a la campaña “Un toque para Jotita” y me dieron un toque en facebook. Todos sabemos que eso no sirve para nada, pero desde que dije ‘sorteo una remera de Jota entre los 100′ pareció que hubiera dicho que regalaba un lingote de oro. La clave, creo, está en la palabra ‘regalo’. Y en el alpedismo crónico que padecí estos días y que me llevó a incentivar a una manada de perdedores y perdedoras.
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En las últimas 72 horas me retorcí en facebook, en twitter, en el msn y hasta en el skype. Mandé mensajes de texto, mails a mis compañeros de trabajo. Ofrecí trabajar desde casa, porque ya no sabía qué más hacer.
Di vuetas alrededor de la mesa del living para sentir que mis piernas todavía funcionaban. Conocí un montón de gente hermosa por facebook, eso sí.
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Rechacé una invitación de mi primo a ir a ver una obra de teatro porque mi estado no era el ideal. Rechacé una cita, también, pero por otros motivos.
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En el medio, me cortaron el gas durante dos horas por algo que no terminaron de arreglar: vuelven el viernes que viene.
Falté al profesorado, claro, porque no podía ir a llenar de mocos a media juventud.
Quizás el mejor momento fue cuando decidí salir al balcón, esta tarde, a disfrutar un rato de la caída del sol mientras leía La Metamorfosis, de Kafka, un libro que intenté empezar hace dos noches pero que tuve que abandonar cuando me di cuenta de que no podía respirar por la nariz: dos orificios completamente atestados de… ya saben de qué.
Ordené, como al pasar, algunos papeles, buscando viejos recibos de sueldo porque según la AFIP cobré el doble de lo que cobré realmente. Alguien -el grupo monopólico para el que trabajaba?- presentó un supuesto depósito a mi nombre que a mí jamás me hicieron. Es genial. Genial. Si me hubieran dado esa plata, al menos estaría feliz pagando impuestos por haberla gastado.
Lavé platos. Comí, como dijen y como remarca mi panza, todavía más. Lo positivo: estoy tan mal que no puedo ni pensar en fumar. Tres días libre de humo.
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Tengo que leer cosas para el profesorado, pero me duele un poco la cabeza cuando leo tanto. Y tampoco tengo muchas ganas.
Anoche, por chat, alguien me preguntó si no tenía quién me mime en días como este, alguien para usar de ‘esclava” que me cocine, me haga las compras y, ya que estamos, se duerma una buena siesta conmigo. Claramente no tengo.
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Mi mundo, durante tres días, fue sonarme la nariz y toser, tomar ibuprofeno y antibiótico, chatear y boludear en el facebook, mirar la tele y buscar inútilmente una película como la gente, conocer una serie (Damages) y repetirme en otra (Prison Break), comer como cerdo y cocinar como cerdo. Limpiar como nadie (como si no limpiara nadie).
Ese es tu mundo cuando tu mundo es un pañuelo de papel tissue.