Posted on
septiembre 17, 2010 by
Jota
Voy a ser repetitivo: el viajar no es un placer.
Todo comenzó la noche del miércoles. Todo estaba listo para que me tomara mi vuelo de Aerolíneas rumbo a Madrid, escala previa para aterrizar en Paris, a su vez escala previa para terminar en Lyon.
Pedí salida de emergencia: se puede estirar las patas. Me dieron salida de emergencia. Genial!
Mis dos compañeritos de asiento llegaron enseguida: una pareja joven, españoles ambos, que hablaban no sé si vasco o algo así. Sonrieron, saludaron. El varoncito se puso a acomodar sus bolsos por sobre mi cabeza.
Y pumba!
Una botella de litro y medio de agua mineral, llena, cerrada, me golpeó de arriba.
-Disculpa! Mil disculpas! -dijeron los dos, a coro.
-Todo bien! -dije. Nadie iba a arruinar mi viaje. O no ellos.
El vuelo fue un martirio. Al lado de mi asiento, pasillo, no había más asientos sino un pasillo estrecho y la islita donde sacan las bebidas, la comida, todo. Las azafatas fueron y vinieron durante todo el viaje. No pude dormir más de tres horas en un vuelo que dura 11. Y que es de noche.
Y no quiero abrumarlos: al llegar a Madrid, tarde, me demoraron en migraciones -tengo cara de sospechoso?-, llegué con el tiempo justo para el check in hacia Paris y la señorita checkinera me recibió con un:
-Oye pero este vuelo es para mañana!
Mi vuelo era para el día siguiente. Fui a cambiarlo: cambiarlo salía una fortuna.
Busqué una computadora, le escribí a mi hermano -ducho en estas artes-, me recomendó que lo sacara. Fui a sacarlo. Tardaron media hora en atenderme y 45 minutos en venderme el pasaje, que me salió un 80% más que el original, y sin la vuelta.
Una vez hecho el check in, corrí hacia la puerta de embarque: el vuelo que debía salir a las 17.25 estaba previsto para las 18.25. Pero no embarqué hasta las 18.40. Y el vuelo no salió hasta las 19.
Había pedido pasillo, pues la ventanilla, el encierro, me da pánico: me dieron ventanilla. El avión estaba lleno.
-El tiempo de vuelo previsto es de una hora y treinta minutos -anunció el capitán.
A las 21.15, más de dos horas después, aterrizamos en Paris.
Mi hermano, quien me iba a hospedar esa noche en Paris, me había dado instrucciones para tomarme el metro. Mil doscientas treinta y seis combinaciones que olvidé imprimir o anotar. Ergo: me quedaba el taxi.
Ochenta personas haciendo cola para tomarse un “taxi parisiene”. Esperé. Al llegar mi taxi, veinticinco minutos después, consulté al taxista:
-Do you speak english?
-No.
-Spanish?
-No. Only french.
Le mostré el papelito con la dirección. Me llevó en silencio.
Lo que tenía pensado como una escala para conocer Paris y recorrerla durante una tarde terminó en una hora dando vueltas por la Torre Eiffel y el Louvre. Y necesitaba cenar.
Mientras volvíamos en metro, en una de esas combinaciones nos encontramos con una realidad Jota: una señora acababa de cerrar el paso hacia una estación porque ese día, justo ese día y sólo ese día cerraba antes. A cambiar.
.
Caímos en un restaurante. Había gente, a pesar de que ya eran más de las 12.30 de la noche. Nos sentamos: mi hermano, su novia y yo.
Vino el mozo:
-Sólo comidas frías -dijo en un impecable francés que sólo entendió mi hermano.
El problema es que frío solamente había una ensalada y quesos. Pedimos una ensalada y quesos.
Mientras ellos comían y yo deglutía pan, me pareció ver algo que movía a mi derecha, en el suelo alfombrado.
Era lo que temía: un ratón. Y no era el único.
Empezamos a ver uno y otro, otro y otro más, salían de abajo de las sillas como si nada. Y a nadie le importaba.
Empecé a ponerme loco. A fastidiarme. Sólo quería irme.
Nos fuimos, no sin antes comprobar que en la cocina también se veían ratones y no sin antes de decirles a los del restaurante que tenían, justamente, muchos ratones.
-Ah, si, si, ja -dijo el encargado.
.
Con fastidio, nos fuimos al hotel, imaginando el gran negocio de la venta de gatos en Paris. Dormimos menos de cuatro horas: teníamos que tomarnos un tren rumbo a Lyon. Yo por trabajo, ellos por placer.
Llegamos a la estación pasadas las 9. Al imprimir los boletos, nos llamó la atención el día: domingo.
Domingo…ocho de octubre. Mi hermano sacó mal los pasajes. A cambiarlos.
Veinte minutos más tarde, con los boletos nuevos y un recargo por el cambio de fecha, nos subimos.
Llegamos a Lyon, tiramos las cosas en los cuartos y pedimos un taxi: o no íbamos a ver a Mónaco y Nalbandian por la Davis, acasao?
Con Jota en las gradas, perdieron Mónaco y Nalbandian.
.
Nada más por estos días… Sólo que además trabajé. Y que siendo la 1.33 en Lyon, habiendo comido solamente una hamburguesa en las últimas 48 horas y con apenas seis horas de sueño entre las dos jornadas, sólo quiero descansar para mañana, tal vez, sí disfrutar de estar acá…
.
.
.
*Juro que está reducida cada historia: podría contar el detalle de mis cambios de pasaje en Madrid, pero sería eterno…