Derrotas, caídas, papelones y (des)encuentros…

MdP! Manual de Perdedores


Archive for the ‘De viaje’


La tierra del olvido 10

Posted on febrero 16, 2010 by Jota

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Avión, calor, mar, playa, jugo de piña, las argentinas, el lanchero Domingo, Santa Marta, mujeres, cerveza Aguila, atardeceres, ataques de risa, derrotas, caídas, papelones, vallenato, Katherine, ¿otra cerveza?, fotos, sol, bikinis, Cartagena, más ataques de risa con Marcelo, las chilenas, más ataques de risa, Smirnoff Ice, salsa, Playa Blanca, brobceado caribeño, Catalina, todo con arroz y patacones…

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Jota en Santa Marta

Dos semanas en Colombia hicieron que me olvidara de las urticarias, los dolores de cabeza, las preocupaciones, las enfermedades en general.

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Cartagena de Indias y Santa Marta lograron que las jotistas anécdotas me cayeran simpáticas y pasaran casi inadvertidas.

La comida, toda con acompañamiento de arroz y patacones (plátano frito), me resultó exquisita. Comí pescado para todo el año.

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Con Marcelo, compañero de viaje, estuvimos casi siempre en la misma sintonía, compartimos el tipo de humor, aunque -debo admitirlo- yo soy un poco más fiaca y me cuesta salir a la noche…

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Las chicas, para ser sincero, brillaron por su ausencia, aunque 48 horas con Cata y Katu -colombianas ellas, una de Cali, otra de Barranquilla, las más lindas y copadas que conocimos- fueron suficientes para volver con fotos y anécdotas para contar. Como, por ejemplo, que las dos (que trabajan como promotoras) casi nunca quedaran solas porque sus compañeros de trabajo, y también custodios personales, no se les separaban… Sólo una tarde, cuando los seis fuimos a Playa Blanca en Santa Marta, ellas les “ordenaron” separarse durante media hora para que pudieran “socializar” un poco… Y lo hicieron a desgano.

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La ida a Santa Marta fue problemática y tediosa, la vuelta apenas problemática: volvió a cagarnos el servicio de traslado, salimos dos horas más tarde y ya estamos de nuevo en Cartagena, desde donde partiremos en unas horas.

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Ni siquiera me siento mal por haber descubierto en mi último día que el hotel tiene jacuzzi y terraza con hamacas y reposeras… O que en el desayuno, debajo de unas campanas de metal, había unos pancakes bien yankees que, con miel, resultaron exquisitos sólo la última mañana…

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Por eso mismo:

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Como la luna que alumbra

por la noche los caminos

como las hojas al viento

como el sol espanta al frío

como la tierra a la lluvia

como el mar espera al río

Así espero mi regreso a la tierra del olvido

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(pronto, las imágenes del viaje en Las fotos de Jota)

Todas santas 9

Posted on febrero 11, 2010 by Jota

Las (no) chicas de Jota, en Santa Marta, Colombia

No se preocupen, amigos, estoy vivo, estoy bien.

Dejé el amarillo de mi piel, pasé por el anaranjado (colorado+amarillo=naranja) y ahora estoy marrón.

Como les deslicé en la entrada anterior, Mayra nos prometió dos horas de viaje en van para llegar a Santa Marta. El viaje empezó genial: la van era cómoda, tenía aire acondicionado y de ocho pasajeros, cinco eran chicas. Sin embargo, los problemas empezaron pronto:

  • Dos de las chicas parecían mudas, no hablaban.
  • Otra dormía adelante de todo, y le apoyaba la cabeza al chofer.
  • Otra pidió parar cuatro veces para vomitar, hablaba hasta por los codos y se peleaba telefónicamente cada cinco minutos con José Luis, al parecer su novio, a quien no le habría atendido el teléfono (debido a los vómitos, creemos que José Luis, además, va a ser papá y no lo sabe).
  • La última, que se sentó junto a Marcelo, enseguida hizo la llamada que nos heló: “Hola mi amor, ya estoy yendo para allí…”

En fin. Charlamos, dormitamos, y 2.45 horas después habíamos llegado… A Barranquilla, en donde debíamos hacer un trasbordo a otra van. El chofer de la primera van, una vez que dejó a todos los otros pasajeros en su casa, comenzó a hablar por teléfono.

-Seguro que la otra van no está y no tenemos cómo ir -le susurré a Marcelo, que rió.

A la media hora, después de que el chofer no nos hablara, Marce le preguntó qué pasaba:

-Estoy buscando quién los lleve, pero no encuentro.

Resumiendo: tardamos siete horas en llegar a Santa Marta. La segunda van nos dejó en la playa, “a cargo” de un morocho que encontró apenas frenó y a quien le dijo:

-Acompáñalos, búscales un buen lugar.

Era de noche. Arrastrábamos la valija por la calle buscando un hotel y, los que veíamos, eran caros. Terminamos negociando en uno por una sola noche. El hotel era nuevo. Y lindo.

A los dos días nos tuvimos que cambiar de habitación porque al abrir la canilla del baño salía agua por la rejilla y se inundaba el cuarto.

En la segunda habitación, el agua salía sin presión. Igual, nos quedamos (y aquí estamos, después de renegociar el precio).

Pero lo mejor pasó en la playa. Después de dos días de preocupante soledad, encontramos dos chicas lindas y enseguida nos sentamos cerca. Miramos un poco, ellas miraron un poco. Reíamos, ellas reían.

Fui a comprar un jugo y al volver las vi levantarse, pero habían dejado sus cosas.

-Me pidieron que les mirara los bolsos -me explicó Marcelo.

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Genial. Primer paso dado.

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Al volver, empezamos a hablar. Les pregunté qué hacían, cuándo habían llegado, de dónde eran, cómo se llamaban.

Sofía y Daniela son argentinas, de Buenos Aires, ya habían pasado en Cartagena y se quedan en Colombia hasta el mismo día que nosotros, aunque su viaje tiene menos escalas.

Sofía es rubia, algo pulposa, bonita.

Daniela es morocha y de unos ojos increíblemente claros. Divina.

Pero hablaban poco, apenas respondían las preguntas, consultaban poco. Eso sí: reían con nuestros chistes.

Al mediodía, se levantaron, acomodaron las cosas, miraron, se acercaron:

-Nos vamos -dijeron.

-Ya? -me quejé.

-Sí, vamos al super para comprar comida, estamos en un apartamento.

-Ah… Y qué nos van a cocinar?

(rieron)

-No, hoy viene tranquilo, vamos a hacer una ensaladita…

-Claro… Bueno, pero a la noche sí… O mejor, a la noche les cocino yo.

Ellas se miraron, rieron otra vez, preguntaron qué podía cocinar. Dije que cualquier cosa, que lo que quisieran, propusieron un arroz oriental, con brotes de soja y verdurita. Les dije que sí, que lo que quisieran, que a la tarde arreglábamos bien, que íbamos a estar por ahí.

Se miraron, rieron, dijeron que bueno, que después nos veíamos.

Volvimos, después de almorzar, al mismo lugar.

Y no llegaban.

Y no llegaban.

Y al llegar, dos horas después, no estaban solas: un muchacho las acompañaba.

Jugaron a los dados, se rieron, no saludaron, ni miraron. Se hacían mimos con Sofía. Esa noche los encontramos en el supermercado. Tampoco saludaron. Marce escuchó que el flaco les decía qué tenían que poner en el changuito para hacer los “tacos mexicanos”.

Estaba todo cocinado: el que iba a cocinar era el otro…

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Por unos días no las vimos. En cambio, vimos a un grupo de cuatro argentinas que se iban ese mismo día, a tres chilenas hermosas que se estaban volviendo a su país y, finalmente, a Katu y Cata, dos preciosas colombianas.

Pero ésa es otra -otra vez la próxima- historia…

Carta(gena) de un perdedor a otros 14

Posted on febrero 07, 2010 by Jota

Playa Blanca, Cartagena de Indias

Sí, queridos amigos, Marcelo y yo llegamos a Cartagena. Después de dos escalas y nueve horas de espera en el aeropuerto de Lima (ojo, estuvo genial dormir en bancos con el aire acondicionado en la temperatura ideal para los Pintín), llegamos.

(Ni les voy a contar que mi asiento era el único al que no le funcionaban los agujeritos para los auriculares y que no pude ver la película de Julia Roberts…)

En fin, ya en Cartagena de Indias, el hotel Toledo… cómo explicarlo. Un espanto. No tenía agua caliente, pero eso era un detalle porque casi ninguno tiene.

-No hace falta, chico -dicen-. Sale a temperatura natural, si el clima es caliente!

El problema es que el agua salía fría, la habitación tenía humedad y olor a humedad, el aire acondicionado era central y nos cagamos de frío a la noche, y el desayuno tenía tres tostadas tan húmedas como las paredes y no había ni un juguito 5Mentarios para tomar…

Sigamos. Duramos una noche y nos cambiamos. En el Hotel Pietro nos recibió Mayra, una simpática e hiperactiva recepcionista, divina, linda, vendedora de paquetes turísticos y de sonrisas.

Aunque no le compramos ningún paquete.

Caminamos mucho, conocimos la Ciudad Amurallada, tomamos sol, comimos pescado, caminamos más, paseamos…

-Y las mujeres? -preguntarán ustedes.

Pues bien… Un taxista nos fue franco:

-Hay poca gente en febrero… En enero esto explotaba.

Lógico, nosotros fuimos en febrero.

Decidimos hacer una excursión. La morena que nos vendió el buzón -perdón, el paquete- nos dijo:

-Compren aquí, argentinos, compren seguro. Si les pasa algo, tienen con quién quejarse. María del Carmen está siempre aquí.

Le compramos.

Fuimos a Isla del Rosario, que no tiene absolutamente nada salvo un acuario al que no entramos porque te cobraban una fortuna por 25 minutos de ver pescaditos. Una vez que terminaron de ver a los pescaditos, nos fuimos para Playa Blanca, un paraíso tropical.

Claro que en el camino se rompió la lancha y llegamos una hora y media después de lo previsto. Y cuando llegamos, nos mandaron directo a comer, advirtiéndonos que a la hora y media salía de nuevo la lancha y que el que no estaba se quedaba abajo…

Comimos un rico pescado con arroz y fuimos a la playa.

Chicas? Todavía nada apetecible…

Por el desperfecto técnico, la lancha salió una hora después pese a las advertencias de no regresar tarde porque el mar se pone fulero.

El mar, claro, se puso fulero, y nosotros -otra vez con la lancha rota- quedamos varados en el medio del mar caribe…

Las olas movían la lanchita, mientras Domingo, el chofer, no decía ni mú, no explicaba nada.

Pasó otra lancha, a la cual, como pudieron, se subieron unos cuantos.

Pasó otra y no había mucho tiempo:

-Vayan los más ágiles!! -gritaron Domingo y Wilson, su asistente.

Nosotros, claro, nos fuimos.

Todos nos miraron:

-Los más ágiles, rápido!

Sí! Era por nosotros!

Nos levantamos, agarramos nuestras cosas e hicimos la gran Titanic: revoleamos ojotas y mochilas al otro bote y nos tiramos de cabeza. Caímos parados, mientras la otra lancha se alejaba.

Nuestra nueva lancha -de Marcelo, una señora y mía- estaba llena de francesitos y francesitas que se reían de nosotros. Nosotros, parados sin tener donde sentarnos, emprendimos el viaje.

El lanchero estaba completamente loco: iba a los pedos, mientras la lancha volaba después de cada ola.

(gracias, Dramamine, por permitirme bancarme el viaje sin mareos)

Esa lancha nos dejó en un muelle, en medio de la nada. Y se fue…

Todos los que habíamos sido depositados en diferentes lanchas recaímos allí, sin que nadie nos dijera qué iba a pasar.

A los 45 minutos, apareció otra lancha. A la media hora, estábamos, por fin, en tierra firme… Y fuimos a buscar a María del Carmen.

-No te puedo creer! Qué mala suerte! -dijo.

-Sí… Y qué hacemos con esto?

-Qué mala suerte…

-Sí… Y entonces? Cómo lo vamos a solucionar?

-Bueno… vénganse mañana y vemos, tienen que hablar con la dueña.

Desde ya, no se solucionó. Al día siguiente nos fuimos para Santa Marta, hacia donde la simpática Mayra nos prometió dos horas y media de viaje.

Pero ésa es otra -la próxima- historia.

Qué tren, qué tren 24

Posted on julio 23, 2009 by Jota

Volvía con Nacho del trabajo -siempre encuentro alguno con auto que me deja en la puerta de casa- hablando de su reciente viaje por las europas. Que Viena, que Praga, que Amsterdam, que Londres, que Paris…

-Lo que es una cosa de locos -me decía- son los trenes. Le ponen un horario, ponele, 14.27, y no sale y 28 ni y 25. Sale y 27.

Ahí nomás recordé una experiencia que no demoré en contarle.

Corría el año 2007 (suena lindo el “corría el año”, aunque fue hace dos míseros años) y yo estaba en Canadá, vacacionando. Venía de pasar unos días en Ottawa con mi amigo Franco, que estaba trabajando, y debía tomarme el tren a Oshawa, donde me esperaba mi hermano, que vive por ahí cerca.

Recuerdo que cada vez que por los altoparlantes decían “Ottawa” yo entendía “Oshawa” y que le pregunté tres veces a la chica de los pasajes si ése era “mi tren”, hasta que me explicó:
-Tu tren sale a las 14.03, ni antes ni después. Este es el tren de las 13.58.
-Ah…

(el “ah” es la única parte literal; ella habló en inglés)

A las 14.03, mi tren estaba presto a salir. Me subí, ocupé un asiento junto a la ventana y saqué el libro que estaba leyendo: Pantaleón y las visitadoras, de Vargas Llosa, pero en portugués -porque entonces, aunque necesitaba hablar en inglés, yo estudiaba portugués-.

A mi lado se sentó, casi instantáneamente, un tipo de unos 35 años, que miró mi libro con atención.

Pasaron unos minutos y el tren todavía no salía. Pasaron otros y, claro, lo mismo.

Un señor hablaba por celular y, a los gritos, se quejaba de la demora. Las señoras protestaban, la gente caminaba por los pasillos. Eran las 14.15 y el tren seguía ahí parado! Insólito (para ellos).

El buen muchacho de al lado intentó matar el tiempo conmigo. Me preguntó si era brasileño y, en mi patético inglés, pude explicarle que no, que argentino, que leía eso porque estaba estudiando el idioma y me servía de práctica.

Pero lo que le llamó la atención al tipo era mi calma frente a la situación: la gente ya protestaba a los empleados del tren, se quejaba, explicaba que la esperaban en reuniones, la familia, la… Lalala.

-Lo que pasa es que… No sé, para mí es normal. En mi país, si el tren dice que sale a las 14.03 y sale a las 14.03, se va vacío: nadie llega a esa hora porque el tren siempre sale más tarde.

El tipo rió. Yo seguí.

-El metro sale con demoras, llega con demoras, los buses de larga distancia no respetan los horarios, no existe el 14.03 porque no se puede respetar. Nadie lo respeta. Esto, para mí, es una joda.
-Claro -respondió-. Pero acá no es normal. Esto nunca pasa. Para semejante demora, debe haber pasado algo grave.

Las limitaciones del idioma hicieron que rápidamente volviera a mi libro, que no tardé en abandonar por otro en español. Al rato, ya con el tren en movimiento y habiendo pasado la hora de arribo a Oshawa, llamó G, mi hermano:

-Qué pasó? Y el tren?
-Salió con demora…
-Increíble. Nunca pasa.

Nunca. Hasta que se sube Jota.

Lo que es tener buen culo 35

Posted on julio 07, 2009 by Jota

Día libre en Lima.

A pasear un poco.

A comprar unos regalitos.

Y a meterse en una especie de shopping, a huevear.

Ahí estaba, mirando y mirando, cuando vi en oferta unos pantalones tipo cargo que me gustaron mucho.

Saqué uno, lo volví a colgar. Otro. Y otro. De color crema, verde musgo, azul, marrón, negro…

En determinado momento, me decidí: me pruebo estos dos. Los agarré, pregunté dónde estaban los vestidores y entré a cambiarme.

Y ahora voy a adelantarme en el relato: salí del probador riéndome de mí mismo, descostillándome de risa, a pura carcajada al punto que nadie entendía nada, los empleados me miraban pensando que había fumado alguna cosa rara ahí adentro. Pero no.

Pasó que me probé el primer pantalón y me quedaba enorme, claramente el 32 de esa marca no era mi número, no era mi talle.

Pasó que me probé el segundo y me quedaba un poco chico, ya de piernas, medio justo. Pasó que me lo subí igual, que me calzó demasiado justo, que me apretó un poco, pero me cerró.

Pasó que -disculpen, chicas impresionables- los huevos se me apretaron como matambre en su hilo.

Pasó que mi culo era una manzanita.

Pasó que me sorprendí. Hasta les diría que me gusté.

Pasó que me saqué el pantalón, que busqué de nuevo el talle.

Pasó que la etiqueta de ese pantalón, igual al otro, igualito en modelo y en marca, tenía un bordado de flores del lado de adentro.

Pasó que decía: “Woman”.

Pasó que me puse un pantalón de mujer.

Y pasó que comprobé que con un buen pantalón, hasta yo tengo buen culo.



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