Derrotas, caídas, papelones y (des)encuentros…

MdP! Manual de Perdedores


Archive for the ‘De viaje’


Sobre la simpleza 16

Posted on mayo 19, 2009 by Jota

Le explicaba a Sushi Punk el otro día:

-La cosa es así. No es que tenga tantos problemas para comer, es que me gustan las cosas simples. Como carne, pollo, pescado y pastas, eso es casi todo lo que se puede comer. Lo único que no como son verduras crudas, y después no como aderezos: mayonesa, salsa golf, ketchup, crema… Eso, no me gusta la crema, ni en el flan ni en las salsas, carnes, pollos o pescados, o incluso pastas. Entendés? Mi problema no es la comida, sino cómo se cocina. La comida, poco condimentada, simple, con gusto a comida! Tampoco me gustan los picantes.
-…
-O sea… Para qué quiero que la hamburguesa tenga gusto a mayonesa? La quiero con gusto a hamburguesa! Se entiende?
-…
-A ver… Siempre que voy a un restorán encuentro lo que comer. Salvo que sea un restorán fifí, con cinco platos rebuscados. Ah, y como verduras cocidas, eh: papa, batata, calabaza, acelga, espinaca, choclo, arvejas… cosas así. Y todas las frutas menos melón y sandía. Si voy a un restorán chino, como arroz con pollo o con carne o con camarones, pero no me pidas que coma esos fideos con salsa marrón y verduritas con salsa de soja.
-…
-Me acabo de dar cuenta.
-Qué?
-Ser simple es bastante complicado.
-Jajajajajaj.
Y creo que Sushi se rió conmigo, no de mí.

Nada se pierde, todo se transforma 14

Posted on mayo 16, 2009 by Jota

El de ayer fue mi cuarto día libre en Lima, desde que llegué hace 22 días. La noche anterior, es decir, el jueves a la noche, me la pasé en el casino con el amigo León y me terminé acostando a las seis de la mañana. Ergo: me levanté, en mi día libre, pasado el mediodía.

Logré salir del hotel a las 2.40, fui a pasear por el malecón, a dar unas vueltas por Larcomar, caminé, caminé, hasta que reposé en una cómoda silla del Bembos para comerme una buena hamburguesa con queso, huevo frito y tomate. Después, Starbucks: cafecito con muffin de naranja y chips de chocolate.
Debía volver al hotel. Había arreglado con mi amiblogger Sushi Punk para vernos y tomar algo en su casa. Pero llamó:
-Oye, Jota! Te gusta Drexler?
-Sí.
-Bien! Hoy me acompañas, hay un concierto aquí. Vienes conmigo.
-Bueno.
-Tengo entradas Super VIP!! Ponte más contento, Jota!
-Ehh! Iupi!
-Así me gusta! Ven a casa a eso de las seis; viene una amiga, pero puedes venir.
Pasadas las seis estaba en la casa de Sushi Punk. Me invitó una cerveza Pilsen mientras charlábamos de la vida y de la nada, cuando llegó su amiga, cuyo nombre no recuerdo, aunque sí recuerdo que estaba más buena que un atracón con alfajores Capitán del Espacio o, en su defecto (no el de la chica, pues no tenía ninguno… bah, salvo que tenía novio), de una caja de Havannets.
Se sentó, hablaron un poco de sus trabajos, amigos y amores (no entiendo bien por qué, pero cuando estoy con dos mujeres paso a ser una amiga más, hablan como si no estuviera), hasta que nos fuimos: Jorge Drexler tocaba en el Polideportivo de la Pontífica Universidad Católica de Lima. Y yo iba a ser uno de los Super VIP. Yo, Jota! El perdedor!
Al llegar nos dimos cuenta de que todo era mentira. Los asientos 42 y 44 de la fila 14 de la Super VIP estaban más o menos en al Centenario Alta de River, pero a ras del piso. Es decir: el escenario estaba detrás de la cabeza del tipo de adelante. Y adelante del tipo y de muchas personas más, estaban los sectores super extra VIP, VIP de la puta madre y VIP para gente de bien. O algo así, pero había mucha gente delante nuestro. Demasiada.
Lo que veía, aunque restándole el zoom de mi cámara, era más o menos esto:
Mala suerte, nada grave, eran entradas gratis. Pero siempre hay más.
-Ahí adelante están unos amigos, y en la fila delante de ellos hay lugar. Vamos! -sugirió Sushi.
Fuimos. Saludamos a sus amigos, nos sentamos en la fila de adelante.
Empezó el recital, todo muy lindo, hasta que cuando estaba por tocar el tercer tema una chica le gritó algo a Drexler: le había pedido un tema. El, caballero, le respondió unas palabras y decidió complacerla. Se puso a cantar Horas.
Claro que a los 25 segundos, después de equivocarse dos veces la letra, paró.
-Esto es lo que pasa cuando cantás una canción que hace mucho no cantás -salió airoso, ante los aplausos del público.
Siguió cantando Horas, volvió a equivocarse la letra y a corregirse sobre la marcha. Y todo siguió.
Un par de temas después, frenó porque había un ruidito y un técnico tenía que solucionarlo.
Otro par de temas después, una linterna me alumbró la cara: era la acomodadora para decirme que estaba en el asiento de otro, y ese otro estaba detrás suyo para ocupar su lugar. El tipo, buena onda, decidió irse a otro lugar libre. Y nos dejó en paz.
A los pocos minutos, Sushi se fue adelante a grabar un tema en video, para un trabajo. Cuando volvió, no me encontró: yo estaba ya un par de asientos más atrás, porque habían venido otras dos personas con otra acomodadora y tenían el lugar que ocupaba Sushi. Y lo querían.
Desde ya, el lugar que terminamos ocupando tampoco era nuestro. Por eso, cada vez que se acercaba cualquier persona temblábamos, pensando que íbamos a tener que movernos de nuevo. Por suerte, no ocurrió.
Tenía ganas de grabar un tema en mi camarita digital, algo que había intentado dos veces en vano por mi mal pulso o porque la pendeja de adelante levantaba el celular cada 20 segundos y me tapaba la visión (además, recordemos, no se veía demasiado). 
Me puse firme y lo decidí:
-El próximo tema lo grabo entero, y si la mina levanta el celular la mato -le dije a Sushi.
Se apagaron las luces, señal de que se venía un nuevo tema. Y empecé a grabar, y Drexler empezó a cantar El pianista del ghetto de Varsovia, pero la luz seguía apagada… y así cantó todo el tema… el que yo grabé: no se ve NADA.
Después de los bises, nos fuimos afuera con Sushi, porque ella tenía que repartir unas revistas y yo iba a ayudarla. Obvio: volvió Drexler y hubo más bises, con nosotros afuera.
Ya hacía frío. Encontramos a otra amiga de ella, que nos acercó con el auto, y terminamos comiendo en un restorán de un argentino, cercano a mi hotel y a su casa. Hablamos, hablamos, hablamos, hasta que yo empecé a hablar más que ella y Sushi casi se me duerme arriba de la mesa: creo que se aburrió.
Ahora bien, qué tal el recital, qué tal la noche, adónde está la moraleja de la derrota? No la hay. El recital, a pesar de los percances, debo admitir que estuvo muy lindo, entretenido, Drexler tuvo la mejor de las ondas, interactuó mucho con la gente y tocó temas conocidos por todos. Por todos ellos: se ve que los tres discos que tengo de él no son los más nuevitos… 
Además, él es uruguayo como yo, un grande. Bueno, en realidad yo no soy uruguayo, soy argentino, pero es más o menos lo mismo, estamos cerquita, hablamos el mismo idioma. “No sé qué Dios es el mío, ni cuáles son mis hermanos”, canta él. Es que en el fondo somos todos seres de carne y hueso, no? Sólo que algunos más perdedores que otros.

Respuesta obvia 14

Posted on mayo 12, 2009 by Jota

Mis amigos, amigas y familiares no dejan de mandarme mails o mensajes de texto preguntándome cosas por el estilo:

-Y? Conociste el Machu Picchu, fuiste a Cusco?
-Vas a ir al Titicaca?
-Estuviste en Máncora o las playas del Norte?
-Y en la selva?
-Iquitos?
-Arequipa?
Mierda! Vine a trabajar, tuve dos días libres en 15 (y ni siquiera juntos) y no tengo tiempo ni para escribir los posts.
No, no voy a conocer nada. Lo siento.
Lo siento por mí…

Chimpunes 16

Posted on mayo 06, 2009 by Jota

-Jota, te has traído los chimpunes?

Después de preguntar de qué corno me estaban hablando, y de entender que se referían a los botines o zapatillas de fútbol, le expliqué a Apuy que no, que no los había traído. Ni muerto. O evitando estar muerto.
Retirado del fútbol, y vuelto a retirar, agradecí la invitación de mis nuevos compañeros y comencé a contar las cuestiones de fondo. El desgarro, la falta de actividad física, los pies cuadrados y la vagancia crónica.
-Pero nunca has jugado? -interrogaron.
-Sí… alguna vez hasta jugué bien. Les cuento?
Me dijeron que no, así que les cuento a ustedes…
Mi historia futbolística no es tan pobre. En la escuela primaria, por ejemplo, era de los primeros en ser elegido en el pan y queso de los recreos. Sin embargo, las reglas tiraron abajo mi buena técnica: en la clase de gimnasia estaba prohibido jugar al fútbol. Vóley o handball. Y elegí el handball…
Jugaba bastante bien. Pero me cansó demasiado rápido ese deporte híbrido, y entonces decidí atajar para, al menos, volar un poco. Con el tiempo, poco tiempo, me convertí en un gran arquero de handball. Tenía una enorme capacidad para atrapar las pelotas sin dar rebote y, sobre todo, nulo miedo para tirarme de cabeza y bancarme los pelotazos.
Un día, notición: la escuela organiza un torneo de fútbol.
Jota fue arquero de su equipo. Y su equipo, después de ganar una definición por penales en la que él atajó tres, fue campeón. Lo llevaron en andas, al grito de ‘Jota, Jota!’. Fue increíble.
Por eso, sus amigos lo incentivaron: venite a jugar al Oeste!
-Se fue el arquero titular, queda el suplente. Y vos sos mucho mejor!
El suplente era otro chico de la escuela, de otro grado. Claramente: yo era mejor.
El Club Oeste era un club de mi barrio, Little Horse. Fui, me presenté ante el técnico y Diego, mi compañero, les habló tan bien de mí a los otros jugadores que, sin verme, ya me querían como titular. La prueba fue dura porque apareció otro candidato para el arco con vestimenta adecuada (yo no tenía ni guantes), mucha más altura y, sin dudas, mayor futuro que yo.
Varias semanas de entrenamiento y un partido final en el que atajé un tiempo (en el otro lo hizo mi rival) fueron suficiente para que Pino, el entrenador, se decidiera:
-Estuvieron los dos muy bien, pero me quedo con Jota.
Felicidad. Alegría. Esa semana fui a la federación a sacar mi carnet de jugador, con fotito y todo. El fin de semana era el primer partido…
Y fui suplente.
En el entretiempo ya perdíamos 9-0. Al otro arquero le entraban todas.
-Preparate que entrás -me dijo Pino.
Yo empecé a mover las manitos.
Entré, atajé muy bien el segundo tiempo y perdimos 9-1. Invicto. El técnico y mis compañeros me felicitaron.
Los siguientes cinco partidos los vi desde el banco. Y vi cómo perdíamos una vez, y otra vez. Diego y los demás le pedían por favor a Pino que me pusiera a mí en el arco.
-Juan Pablo estuvo esperando esta oportunidad mucho tiempo, se merece jugar -respondía el DT.
Y yo en el banco.
Volví a atajar contra Parque, la élite del fútbol infantil: 0-6 en el primer tiempo y Pino me mandó adentro. Perdimos por ese marcador. 
Y yo seguía invicto. Y suplente.
En la última fecha del torneo tocó All Boys. Perdimos 2-1 y me hicieron el de la derrota (jugué todo el segundo tiempo). En resumen, atajé tres medios tiempos, me hicieron un gol. Y perdimos siempre.
Decidí volver al año siguiente para ganarme el puesto: Pino había renunciado a la dirección técnica.
Llegué y me encontré con la mala noticia: el anterior arquero titular había regresado. Estábamos él, Juan Pablo y yo.
Después de una larga presentación, el técnico habló de la cantidad de arqueros del plantel. Dijo que iba a probar a todos, pero que él ya tenía a su preferido:
-Para mí el titular es Jota. Lo vi atajar y le tengo confianza. Sé que les puede sonar raro, pero es mi decisión.
Mis ojos brillaban, pero el técnico -cuyo nombre no recuerdo- ni me miraba. Miraba a otro Jota. Uno que jugaba de defensor y que, desde entonces, empezó a ser el arquero titular del equipo.
Yo era el cuarto en sus preferencias. Aunque no lo fui: fue el final de Jota en el fútbol federado. Me fui a casa y colgué los guantes. Con los pies ya no podía hacer nada más: me había convertido en un gran y ágil arquero, pero en un pésimo futbolista. De esa época no me quedan ni los chimpunes.

Ejercicio 13

Posted on mayo 05, 2009 by Jota

Estar en Lima, de alguna manera, me devolvió la alegría. Trabajar doce horas diarias no impide que regrese al hotel -aunque cansado- con una sonrisa, placer del deber cumplido. O eso espero.

El edificio en el que está la oficina es una belleza. Antiguo, de cinco pisos, escaleras amplias y frescas, doble descanso y un patio central en la planta baja al que dan los balcones circulares de cada piso.
El ascensor, antiguo, al principio da un poco de miedo: es lúgubre, con botones automáticos pero de la prehistoria. Cada tanto, se queda; hay que rezar para que no le toque a uno.
Desde la terraza, ubicado en el quinto y último piso, se pueden observar los techos de muchas casas, las colillas de cigarrillos que visten esas superficies y los resabios de polvo producto de la falta de lluvia. Es una ciudad ideal para los loratadinodependientes: la alergia se hace presente desde el primer día (y yo, claro, ya compré mi blíster de loratadina).
La oficina en la que trabajo está en el cuarto. Es un cuadrado amplio, con una oficina que ocupamos Daniel -el director- y yo, y un bloque central de computadoras y redactores que le meten duro desde la mañana hasta la noche. Hay tres baños -dos masculinos y uno para las cuatro chicas del lugar-, una máquina de café -gratis a toda hora-, una de gaseosas -dos soles cada una- y otra de galletitas, chicles, caramelos y demases. Hay cinco plasmas, cuatro en la redacción y uno en la oficina, y ventanales amplios por donde entran la luz, el aire y el ruido céntrico de Lima.
Ayer, al llegar al edificio, me encontré con una sorpresa: no andaba el ascensor. “Por fin lo van a cambiar”, se alegró Daniel. “Sí, pero yo no me aguanto más de un día subiendo por las escaleras”, me quejé.
-Tendrás que aguantar veinte. Por veinte días no va a haber ascensor -siguió Daniel.
-…
-Ya era hora, hace tiempo que estamos pidiendo que lo arreglen. Se queda cada dos por tres.
-Y en serio van a tardar veinte días?
-Sí, más o menos eso.
-…
-Ah, claro… Tú te quedas veinte días más!
Así será: ejercicio obligatorio por los próximos veinte días. Dos veces por día para arriba, dos veces por día para abajo. Y a bajar las galletas integrales con nueces pecam y chocolate que como cada tarde…


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