Buen día, día… 14
Qué lindo es despertarse una mañana como la de hoy y ver el sobre arrastrándose debajo de la puerta. Un sobre con el logo del banco, mi banco.
Qué lindo es despertarse una mañana como la de hoy y ver el sobre arrastrándose debajo de la puerta. Un sobre con el logo del banco, mi banco.
Saben que no abundo en anécdotas de otras personas, que conmigo alcanza y sobra para sostener esta página por mucho tiempo. Pero su caso es especial. Ella, Ayelén, es especial.
(Sea / Jorge Drexler)
Era obvio, no podía ser de otra manera: mi cumpleaños fue un fiasco. No lo digo por ustedes, QQ y Tele, entrañables amigos que me hicieron el aguante a la noche con una cena tan íntima que faltaba el violín y la vela.
Justamente, faltaba la vela, no había torta de cumpleaños y ellos, generosos, improvisaron la soplada con un velón para cortes de luz sobre un toblerone. Es lo que hay…
Pero mi cumpleaños empezó muchas horas antes. Lo recibí solo en casa, con alguna compañía messengereana, dormí poco y nada, volví a dormir un poco, almorcé con mi madre. Y a la tarde? Trabajé! Sí, trabajando el día de mi cumple hasta las 9 de la noche, a las apuradas para tratar de irme medianamente temprano para que la cena no se hiciera desayuno.
Claro que el siglo XXI permite que los perdedores no estemos taaaan solos. Un montón de desconocidos me felicitó por feisbuc, algunos amigos por teléfono o mensaje de texto, los compañeros del trabajo me regalaron un ‘feliz cumple, che’ y algunos, hasta un abrazo. Ni hablar de todos los comentarios que dejaron aquí, en MdP! Un lujo. Gran obsequio.
El resto, todo dicho: empanadas, cerveza, gaseosa y toblerone entre tres, los sobrevivientes al mes de los perdedores. Porque, sépanlo, el que cumple años en enero, e incluso en febrero, es un perdedor por naturaleza: nunca puede festejar su cumpleaños con gente.
Para terminar, me han consultado sobre mi nueva edad. Los perdedores somos como las mujeres, no nos gusta revelar nuestro número. Pero les permito que, en base a lo que me conocen por lo que escribo, se arriesguen. Cuántos años creen que cumplió Jota?
(quedan excluidos los que ya saben cuántos años tengo, claro, no sean mala onda)
(Había una vez una gata – Luis Pescetti)
En mi cuarto de mi viejo departamento familiar había un placard enorme. Eran cuatro puertas dentro de las cuales se guardaba todo, pero todo lo que teníamos mi hermano y yo. Por si fuera poco, encima de esas cuatro puertas había cuatro puertitas más, bien en lo alto, en las que se podía acumular otras cosas.
Ahí caían, generalmente, las cosas que nosotros usábamos para irnos de campamento: bolsas de dormir, aislantes, cantimploras, cacharros, platos de madera…
Una tarde me subí a una escalera y empecé a hurgar en lo alto. Buscaba algo, no recuerdo qué. En el piso, sobre el parqué, Clío -la gata siamesa que mi hermano había llevado a casa sin consultar y que terminó enamorando a todos- maullaba y miraba atentamente.
Yo buscaba.
Ella maullaba.
Yo buscaba.
Ella…
Dio un salto y se agarró de mi espalda en lo alto, ahí, donde uno está indefenso paradito en un escalón. Sí, la muy turra me clavó las uñas de las cuatro patas en la espalda para mantenerse ahí arriba. Yo gritaba, gritaba, gritaba, intentaba llevar las manos hacia atrás para agarrar a la muy hija de puta.
Terminé agachándome -todo arriba de la escalera-, poniendo mi espalda en posición horizontal, para que Clío se relajara.
Lagrimeando, bajé las escaleras, le grité como si ella fuera a entender algo y me saqué la remera.
Cuatro manchones de sangre en cuatro puntos diferentes quedaron ahí para siempre. Y yo nunca más me subí a ningún lado con la gata expectante.
“Debo ser muy simpático; de lo contrario, creo que sería virgen“.
(Cualquier cosa bailarás / Alfredo Casero)