Derrotas, caídas, papelones y (des)encuentros…

MdP! Manual de Perdedores


Archive for the ‘Somatizando’


Salud 13

Posted on octubre 19, 2009 by Jota

Dos semanas atrás, hablaba con mis compañeros de trabajo.

-Salí, no estornudés acá que nos vas a contagiar -dije.

-Vos me decís eso a mí, que vivís enfermo? -me respondieron.

-Pará que no me enfermo hace un montón, creo que no falto por enfermedad desde hace más de un año…

A los pocos días amanecí resfriado.

Pasé un par de noches afiebradas y sin poder respirar bien por la tremenda congestión.

Después de tres días, decidí empezar a tomar un antigripal.

Al tercer día ya no tenía sensación de fiebre, pero sí mantenía la congestión.

Y había empezado la tos, poca, pero molesta.

Aun con resfrío y molestias para respirar, la tos se fue y llegó el dolor de garganta.

Hace cuatro días que ese dolor va creciendo y creciendo.

Hoy amanecí con la gargantita roja roja.

La gripe, si es gripe, lleva más de una semana, pero ya tiene más pinta de angina…

Y se me fue el apetito: bajé tres kilos en una semana.

Ah… y sigo con urticaria.

Feliz primavera para todos!

Sin cura 16

Posted on octubre 09, 2009 by Jota

DSC01541Hace tres días salí un poco desabrigado y al volver, por la noche, me sentía mal.

Antes de ayer amanecí afiebrado, congestionado, hecho pelota.

Volví a la noche de cenar con mis amigos Reyes y León -sí, los peruanos están de visita en Buenos Aires- y estaba mucho peor.

Ayer amanecí afiebrado, congstionado, hecho percha.

A la noche, después de trabajar, fui con Reyes a ver Piaf. De ahí, derecho a casa: tecito, un poco de Lady D por chat y a la cama.

Empecé a tomar Qura Plus. Y empecé a pensar que estoy somatizando, que es el miedo, el pánico a lo que se viene.

Quién vota por que me agarré todo esto porque en 48 horas me encuentro por primera vez con Lady D?

Urti 11

Posted on septiembre 11, 2009 by Jota

Ya le tengo cariño. Ya no es una enfermedad, ni un problema. La urticaria autoinmune que tengo desde hace años, que se va y que vuelve, que me extraña siempre y seguro por eso vuelve a mis brazos, piernas y demás lugares de mi cuerpo donde habita cuando tiene ganas, es parte de mi vida. Lo asumo. Y desde hoy, íntimos, la llamo Urti.

Como de costumbre, Urti volvió hace un tiempito. No molesta mucho, pero encontró un par de rinconcitos para joderme por las noches o algunas tardes, donde mis uñas masacran la piel en busca del regocijante placer de rascar y rascar.

Aproximadamente un mes atrás, fui a visitar a mi médico clínico, el doctor I, un señor mayor amante de las charlas con sus pacientes, de las anécdotas e historias de vida más que de los remedios. Por eso lo banco. Porque prefiere decirme “tranquilo, Jota, bajá la tensión” antes que “tomate esto y vení a verme en quince días”.

La verdad, esta última vez no tenía un motivo específico para verlo. Fui por rutina, porque quería encargar unos análisis completos que hace años no me hago. Pero, es cierto, justo tenía a Urti conmigo. Y aproveché para mostrársela.

El doctor I me contó una historieta muy simpática de Noé, su arca, los animales y otros bichos, y de un pobre europeíto perdido y triste que se sentía y lo hacían sentirse diferente porque no tenía compañía. Vaya manera, doctor I, de decirme que mi urticaria se debe a mi soltería. Pero en fin… De cualquier manera me sugirió ir a ver a un dermatólogo, uno más, pero de su confianza.

(y con todo eso me olvidé de decirle que quería hacerme estudios)

Esta semana fui al dermatólogo. Me olvidé todos los estudios que tenía preparados para llevar y que durante años fui recopilando en mis visitas médicas a alergistas, dermatólogos, clínicos, homeópatas y psicópatas. Pero lo primero que me dijo el nuevo doc, luego de que yo le contara de qué se trataba, me hizo recordar este post. Y también éste.

-El tratamiento que se aplica a la urticaria autoinmune es con Sandimmun neoral, un inmunosupresor -me dijo el doc.
-…
-Es lo único que puede funcionar. Fijate que ni te nombro los antihistamínicos…
-No, ya sé… Ya los probé todos. El tema es que el Sandimmun sale más de 1.000 pesos con el descuento de la obra social… Ya me lo recetaron, no lo pienso tomar. Por esa plata me compro un buen rasca rasca de goma o le pago a alguien para que me sople para aliviarme…
-Ja… Bueno, mirá… Vos traeme los estudios, vemos qué dicen, yo si falta alguno te pido que te lo hagas y presento todo en tu obra social para que te cubra el 100%. O, como mínimo, el 70%.
-Ahora, dos preguntas…
-Decime.
-Por qué corno sale esta urticaria? No nací así, me empezó hace tres años.
-Mirá, no tiene un porqué. En algunos casos tiene que ver con cuestiones emocionales o de tensión, sale después de un hecho conflictivo.
-…
-…
-Este es el caso… Te lo aseguro.
-Claro, entiendo… Y la otra pregunta?
-El remedio tiene efectos adversos, contraindicaciones, algo malo? Porque me dijeron que sí.
-Todos. Tiene todos los efectos adversos cuando los tomás en altas dosis. Digamos, cuando te hacen un transplante, tomás esto. Pero vos no vas a tomar una dosis alta. Y vas a estar controlado.
-Mucho tiempo?
-Normalmente, unos seis meses.
-…
-…
-…
-Traeme los estudios y vemos.
-Bueno… vemos.

No sé qué hacer. No es que no te quiera, Urti. No sos vos… soy yo. Prefiero estar solo… Pero todo tiene un precio.

La marcha de los bronquios 18

Posted on agosto 31, 2009 by Jota

El inicio de 2006 me encontró terminando de pasar un problema bronquial, que había aparecido así como así varios meses antes para molestar durante un tiempo.

Todo comenzó con una bronquitis clásica. Al mes, reapareció. Pero no se fue. Siguieron broncoespasmos, pequeños ataques de asma…

Y el Ventolin, y los corticoides y todas esas cosas.

Hasta que me recomendaron ir a ver a un alergista.
-Para qué, si yo no soy alérgico? -pregunté.

Pero fui.

Con él empecé un tratamiento que consistía, apenas, en aplicarme una vez por día el Seretide (un broncodilatador con corticoides) y visitar su consultorio para nebulizarme una o dos veces por semana. Esto último sólo tenía un sentido: pasar mi tarjetita de obra social para que él cobrara la consulta.

Pero no me negué.

Me quedaba lejos (el buen hombre tenía su consultorio en Barrio Norte), pero allí iba dos veces por semana, generalmente, a horas del mediodía.

Uno de esos mediodías llegué con mis bronquios más cargados que otras veces, tal vez producto de una larga caminata por Av. Santa Fe para buscar un cajero que tuviera efectivo. No me lo olvido: saqué trescientos pesos para pagar las expensas, impuestos, celular y quedarme con plata para ese fin de semana.

Llegué al consultorio y, en un salón ‘comunitario’ en el que el médico atendía a varios pacientes juntos, estábamos dos señoras muy mayores, el médico y yo, que ya había hablado de mis dificultades respiratorias del día.

Mientras esperaba mi turno para nebulizarme, charlaba con el médico, con las señoras. Hasta que de pronto entró la secretaria:
-Doctor, hay un señor, el señor González, que dice que necesita verlo.
-González? -respondió el doctor- No conozco a ningún González. Que te diga qué…

El médico no había terminado la frase cuando por la puerta de servicio que daba a ese consultorio comunitario apareció un hombre de metro noventa y pico con un arma en la mano y cara de pocos amigos.
-Bueno, tranquilos, tranquilos, no les va a pasar nada…
-… (el doctor)
-… (la secretaria)
-Ay Dios mío! (una vieja)
-Ay mi nietito que está en la recepción! (otra vieja)
-… (yo, aunque pensaba claramente en ‘la puta madre’)

Me paré de golpe, levanté las manos y me puse contra la pared como si me fuera a palpar de almas un Policía.

Fui el único que hizo eso.

El grandulón guardó el arma y nos separó a todos en diferentes extremos del mismo salón. Cortó el cable del teléfono. Le pidió al médico la plata. El médico le ordenó a la secretaria que trajera la plata.
-No manejamos mucha plata… Tenemos cheques, pero casi todos pasan su credencial -se justificó.
-A ver… -devolvió el señor ladrón- Entonces ustedes, vacíen las carteras. Vos, dame la plata.

Saqué la billetera: mis trescientos pesos brillaban y la cara de Roca en uno de ellos me hizo un triste guiño de despedida.
-Llevate lo que quieras, pero por favor, dejame el documento -rogué.
-A ver… Sí, quedate todo. Dame la plata… No, las monedas no, si no cómo vas a volver a tu casa? Tenés reloj?
-No.
-Celular?
-Sí, tomá…
-No, no, quedátelo.

(Entonces entendí los beneficios de haber comprado el celular más barato del mercado)

Empecé a agitarme cuando, de pronto, entró otro señor ladrón, de unos 18, 19 años. Al grandote le decía tío. Yo transpiraba.

El grandote se fue de la sala y el joven ladrón quedó a nuestro cuidado.
-Mi nietito, mi nietito -sufría una de las señoras.
-El chico que está en la recepción? -consultó el joven ladrón- Tranquila, señora, no se enteró de nada. Está ahí mirando unas revistas… Y a vos qué te pasa?

Yo estaba agitado. Se me notaba en la respiración. Sudaba. Estaba pálido.
-Tranquilo, Jota, no pasa nada, quieren plata y ya se van -intentó tranquilizarme el médico.
-Sí, Jota, tranquilo, si no hacen ninguna locura nos vamos en cinco minutos. Sentate… Querés un vaso de agua? Estás blanco, loco, estás blanco -intentó tranquilizarme el joven ladrón.

Me senté. Los minutos pasaron lentamente, me parecían décadas. Me sentí anciano, tal vez el marido de una de esas señoronas.

-Vamos -anunció el grandulón, entrando otra vez por la puerta-. Ya llegó el auto. Y ustedes quédense acá cinco minutos antes de salir, ni se les ocurra hacer nada.

Se fueron, entró el nietito de la señora, que ya estaba llorando. El médico chequeó por la ventana que ya no estuvieran en la puerta de calle. Volvió al salón, nos preguntó a todos cómo estábamos. Pensé unos segundos y dije:
-La verdad? Se me pasó el broncoespasmo… Me siento mejor.
-Sí… Es la adrenalina. Genera eso -respondió el médico.

Me fui del consultorio con un pánico atroz de cruzarme con ese grandulón alguna otra vez en mi vida. Y me fui sin broncoespasmos. De hecho, no volvieron a aparecer. Y no volví nunca más a ver al médico. Mi última consulta, de trescientos pesos bien invertidos en el señor ladrón, terminó de curar mis problemas respiratorios.

Duro 24

Posted on junio 28, 2009 by Jota

Después del decepcionante desenlace de la historia de Pequeña P -historia a la que le faltan algunos detalles del final, pero los dejaré para otro día-, decidí recomponer los cristales rotos y volver a la vida.

Y fui a trabajar, y salí con los muchachos, y jugué a las billas (pool), y cené, y tomé, y todas esas cosas.

Hoy, domingo, tenía una doble obligación: despertarme algo más temprano que de costumbre para pasar por el consulado argentino y justificar mi ausencia en los comicios para diputados y demases, y después tenía que trabajar.

Me levanté a las 10.30, más contento que lo normal, más descansado y despierto.

Me quedé un rato en la cama, ronroneando cual gato afiebrado.

Hice unas flexiones de brazos para demostrar que todavía no soy una momia.

Me levanté, fui al baño, abrí el grifo de la ducha, agua calentita en un baño frío, casi helado. Y entré a bañarme.

Y me lavé la cabeza, y me enjaboné el cuerpo, y sé que a ustedes no les interesan todas estas cosas, pero es importante… Algún movimiento de mi enjaboneo general provocó que en mi interior estallara algo. Algo hizo clic. Y mi cuello dejó de moverse.

Y me empezó a doler todo, desde el cuello hasta la cintura, como una ráfaga de puntiagudos vidrios rotos clavándose en mi piel. Y terminé de enjuagarme como pude. Y me sequé con dolor. Y me metí en la cama, durito, derechito, como podía.

Y cuatro horas después, con un ibuprofeno 600 y un diclofenac 50 corriéndome por las venas, todavía no puedo mover el cuello (aunque, verán, sí los dedos).

Y no sólo no fui a justificar mi no voto, sino que tampoco puedo ir a trabajar en este estado. Ni siquiera pude salir a comprar comida.

Y tengo hambre.

Y me duele el cuello cuando veo la tele, cuando quiero dormir, incluso ahora cuando estoy escribiendo estas líneas.

Ah, y estoy solo, de más está decirlo.

La vida de Jota es dura. Muy dura.



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